Huelo
el carbón suspendido en la atmósfera húmeda mientras escucho el
avance imperioso de la tropa metálica. Sé que viene por mí, por un
cuerpo y sus apéndices como vainas que se hunden en densos arroyos
de sangre.
La
noche aplasta mi pecho y los astros son los únicos testigos que aún
resplandecen para advertir, impávidos, mi desdicha. Estoy lejos de
mi pueblo, de mi lucha incipiente. No hay lugar en la tierra para la
humanidad, no somos algunos pocos los elegidos por la mano arbitraria, sino muchos los que hoy me acompañan a devolver el equilibrio a la
balanza del más poderoso.
Cada
vez más cerca, se aproxima el vapor ennegrecido, indolente el
armatoste hijo de tantas manos y tantas piernas. La tierra tiembla a
su paso, sangran con su marcha mis heridas y se vuelven estériles
mis pensamientos.
Me
estoy muriendo, aferrado a mi cruz de bandera roja y estrella oscura,
riego con mi cuerpo los campos de mis ancestros y temo por esta
patria que inunda sus flores de pólvora.
Siento
los rieles oscilar y con ellos también lo hacen mis muñecas, atado
elevo mis últimas plegarias al universo y a Dios. El viento trae su
pedido, sonido que siempre me pareció mohíno, demasiado tarde
porque ya no hay alma que comande esta figura, no hay fuerza que
levante un peso muerto y endemoniado. Lo que hay, lo que queda no es
más que un cuerpo, rodeado de otras vidas ultrajadas, que exhala
bajo el manto pesado de noche y balas, su grito terminal de libertad.