viernes, 3 de mayo de 2019

Pasó el Temblor

Tal como lo había previsto, sentimos caer el peso del abandono, del recuerdo podrido y manchado de cigarrillos compartidos, de miradas distantes y expectativas. Sabíamos que para ninguno era eso, que sólo la cobardía nos apartaba del delirio desamarrado que era vernos desnudos y soportar la caída del velo que tan bien maquillaba todas nuestras preguntas. De un cariño que no fuera del semblante, de un deseo que hiciera eco en el vacío y no en el puente, mal construido siempre, porque los libros no aguantarán jamás las piernas cansadas de quienes no encuentran los zapatos en ningún placard. No hay más que esto, tabaco, reemplazos momentáneos, paranoia de encontrarnos y descubrir una amistad sin razones de aguas profundas, o tal vez tan infinitas que es posible hablar de años luz y agujeros negros. Y siempre bordeando el dique, y tus sueños de aguas salvajes y los míos de ríos de sangre. La cosa es la misma y a la vez tan ajena que no nos entendimos nunca, que nos quedamos al pie de las palabras, en la intención, en un beso que no era más que reborde y dique. 
Todo nosotros como un tren que fuera muro que fuera lago, el cifrado incesante,  el oleaje de un mar que increíblemente no se cansa de dar contra las rocas, el trabajo de las montañas de sostener el cielo sin importar qué otras cosas sucedan en el mundo, estoicas, ahí, mientras me tomo un café agresivamente dulce en un sillón percudidamente gris por el humo de una mujer que no aguanta la mirada que la llama allí donde no puede responder. En la diferencia ella se parece más a mí que vos, pero no lo sabe porque no puede, porque los títulos no fueron dados y si hoy yo me siento estallar, ella en cambio se ve desquebrajada, con sus manos por el suelo, los ojos en el televisor, las piernas en alguna cama y la boca sobre el cenicero.
Pero esto no le concierne, nos concierne a nosotros que cansados de darle cuerda al reloj, nos vemos ahora solos, cada uno en su trinchera, cada cuerpo frente al espejo que interroga qué hacer con esa sustancia viva y muerta que no sabe de nombres, de identidad alguna.
Todo pasa y mi amor perdura aquietado entre abrazos de miel y manos de chocolate caliente. Verás que el asunto es el empalagamiento, esa sensación que me hace picar la lengua, que requiere un baldaso frío, contraste fuerte que venga a salvarme la boca. Y una boca es un agujero, como el abismo que siempre citamos, que vemos erigirse en la carretera que construimos juntos, llena de carteles con indicaciones que llevan siempre al mismo lugar. El agujero imposible, la operación a corazón abierto, todos terminan por pararse en el borde, con los brazos extendidos en cruz, esperando la embestida final y la caída eterna. Yo no quiero, me resisto, me pregunto si acaso el destino será ese tren de incontables estaciones y yo deba conocerlas todas, las que me dé la vida para saborear, para robarme gestos, gustos, absorberlo todo hasta que sólo quede la sequía y un hombre solitario a los pies del vagón. Porque no puedo flaquear ese resto, quedarme por fin, echar raíces en tierra fértil, verme siempre fresca, mujer y camino, una mujer de mil caras y ninguna, la que te bese el cuello por las mañanas, que te mire a los ojos y se te crispe el pelo y a mí el alma. No sé hacerlo, perdoname, me condena todo tu ser entregado en la cruz. Si acaso no me dieras todo de vos, si acaso no fueras mío, aunque sé que no lo sos, ni lo serás. Es lo que hacés con eso con lo que no sabés qué hacer, es esa muestra que no es gratis, ese servicio de facturación siempre vencida, inalcanzable en tu miedo de desencuentros, de desamor. Amame, como quieras pero no así, cualquier color mientras sea negro, la vehemencia que te azote el pecho, pero no quiero saberlo. No seas tan demostrativa, me decían en algún sueño y el reverso de eso soy yo pidiéndolo, toda muro, toda sustracción. De otra manera también podría ser tu reflejo, agasajarte con un ágape en un infierno de mesa tendida, de manjares que no acabaran nunca, de banquete romano y vómito y pelos. Curioso que el castigo y la recompensa prometida se den en una dialéctica sin dialéctica, en un nunca acabar. Es que el paraíso es la trampa de quienes viven en el amor, el Edén como imposible y deseable, como mito que se anhela por esa mismísima condición. ¿Cómo podés vivir en la carencia del corte, como te dejás hundir en esa panacea sin continentes? No te envidio, no me malentiendas, no te creo y no es incredulidad, es lo que es, pero no puede ser sólo eso. Vivís en la salud, decía el cínico Horacio, deseando a la Maga por conocer que en esa diferencia ella no era suya, pero sabiendo que ambos se ahogaban brutalmente. Es un recurso que no me sirve, porque no puedo anhelar ese canal oscuro y musgoso. Yo quiero otra cosa, la creatividad de montar escenas distintas en el mismo teatro, hacer de la pareja de pájaros una de liebres, una de gatos. 


A vos, que espiás esta carta, que esta vez no es tuya, por encima de mi hombro y respirándome en la nuca, perdoname. Mi egoísmo te dio lugar para que fueras la prueba, la última vez y la inconclusa. Fuiste signo sin objeto, algo que no existe, algo que ni en palabras se puede poner porque en el fondo es ese núcleo en el baño evangélico. Quererte, te quiero, como confesor, como testigo de mi discurrir involuntario entre papel y tinta vieja, como oreja y abrazo ocasional. Lo que yo era ahí, en ese lugar acunado que ofertabas como nadie, ya no lo tengo. Como un vaso que explota contra el suelo, como el big bang que tanto te entretiene y que mucho te dedico, así lo rompimos, desgarramos hasta los recuerdos teñidos para siempre de un humo verde y denso. Te extraño, claro, añoro nostálgica nuestro pequeño club de la serpiente, tan lejos ahora, tan incómodo para el resto. Obligados todos a ser estrategas, detectives que rastrean paraderos para no dar con nosotros nunca, para cuidarnos en nuestros lamentos, para perdonarnos e inculparnos sin saberlo en la compra de una cena, en la elección de un evento. Y la vergüenza que me ataca ahora tiene un rostro denunciante, siempre ahí para todos y a la vez tan...

Angustia que vuelve tímidamente a revelarme el estado de las cosas. Ayer, la duda, estatuto dudoso dije y la bofetada vuelve en forma de desnudez, de disfraz que me queda chico. A regañadientes me ubico gracias a ese juego que me quita los fueros, ese drama donde perdí el casting y sólo puedo elegir lo que ya he elegido. Y entonces, angustia de qué. Es ineludible la forma en que me convoca pero más innegable es tu forma de párpados caídos de responder a la pregunta, siempre implícita. Respuesta que das antes de que se suspire el humo que la anticipa. Por momentos te veo a millones de años luz, como dándome una espalda sonriente, hablándome sin verme, te referís a mí sin nombrarme. ¿Me nombrarás como otra? No podés. 
Me hablás a mí de ella porque es la forma de retomar el juego que en todas nuestras actuaciones se actualiza, es la variante sana, la más sensata, la sublimada. Es como un zaguán donde me paro y pienso si debería o no, si gozar ahí es lícito o me excede el miedo imperante de estar tomándole demasiado el codo a escena, de estar flaqueando el umbral definitivamente. Pero no, no es ahí. Evidentemente, debo reconocer que me desconozco y me conozco mejor que nunca, que la síntesis me sienta, que esto es lo que hago pero calculadamente. Soy la conductora de un auto chocador y no la criminal que mata y huye.

CsO

Es el sentido que me apresa  Presa amotinada de palabras Nenúfar, quiero decir nenúfar y que sea tu columna vertebral flotando en mi mano Qu...