Despertar sin remordimientos es tener las
expectativas muy altas, amanecer abrazada al sosiego, a esta altura, es una
broma sádica que le sacaba un gesto de fastidio sardónico, sobre todo
considerando la imagen demacrada que le daba los “malos días” en el espejo. Con
los restos de la máscara aún ensuciándole la piel, atravesó la habitación dulcemente
iluminada por la luz de la mañana, en búsqueda del cuaderno rojo, no sea cosa
que olvidara todo y no pudiera descifrar el mensaje. Lamentablemente, no
alcanzó si quiera a revolver la pila de cuadernos abandonados sobre el
escritorio, un remolino agrio atravesó su estómago y requería atención urgente.
El relato tendría que esperar, tal vez un té digestivo o mejor un buen antiácido
para calmar un ardor que le era ajeno. No le es habitual ese tipo de represalia
orgánica del día después, pero su cuerpo parecía quejarse en silencio y pasarle
las culpas de pervertir semejante creación divina.
Con el vaso medio vacío, retomó la tarea de
escribir el inconsciente, esa bestia curiosa la acuna por las noches en cuentos
trazados siempre con una sutileza sublime y peligrosa, la sumerge en aguas
deliciosas y profundas, las mismas que, al abrir los ojos, castigan la vanidad
de perderse en su propio encanto. La anotación fue imprecisa y corta, algo de
lluvia, un calor hediondo, luces que cegan y el revés mítico de "sólo
puedo provocar". La bestia se le escapaba como arena entre los dedos, otra
vez perdía el hilo de Ariadna en un laberinto a oscuras. Oscuridad, anotación y
otro sorbo de agua bendita que ya empezaba a barrer tanta mugre nocturna. Si
tan sólo pudiera hurgar un poco en la perplejidad, todo tiene ese brillo opaco,
típico; pero la luz, el calor, algo de gusto a recuerdo, a conocido de un
conocido. En fin, quizás tendría que ahorrarse lidiar con el sentido, perseguir
lo que no se está segura de querer encontrar lleva a este pozo inútil que mejor
ducha y a otra cosa.
La entrega era el lunes, le agradaba la idea de
tener el fin de semana para dedicarse a la edición. El proyecto la atraía, hace
un tiempo se había adentrado en el tratamiento en imágenes de los vicios y
otros demonios, porque Lilith abrió preguntas que no se pueden ignorar. La
sesión de la noche anterior, además de productiva por los resultados estéticos y
la representación bien lograda sobre la exploración de todo un infierno
moderno, interno pero a la vez distante, había sido una verdadera joda, con los
elixires necesarios, con esa clase de música maníaca que tan bien acompaña sus
efectos, y los veinte rostros invitados, que perdidos en viajes distintos, seducen
con sus muecas de éxtasis.
Entusiasmada
por descubrir los resultados, con el alivio ya instalado en el pecho y la taza
de café a un costado, rastreó, ansiosa, las fotos en la memoria de la cámara. Para
su sorpresa, el contenido no se correspondía del todo con la suya. Juraba haber
congelado el movimiento, había buscado una definición rígida de las miradas
abismadas, un contraste entre lo concreto de la piel pegada a los huesos y el
cosquilleo que le arranca al cuerpo su certeza. Sin embargo, todo se confundía
ahora en ráfagas de luz que daban la impresión de un cuerpo desvaneciéndose,
difuminadas sus líneas en estelas como llamas, tomado todo por un fuego azul y
violeta. El ardor en el estómago volvía a embestir más fuerte que nunca.
Desesperada, apagó y volvió a prender la cámara, nada cambiaba, la sesión
estaba arruinada, el juego de fiesta nocturna se había quemado. En la primera foto,
la danza se había enredado en una figura angelada, en la siguiente la mirada
espontánea de una mujer hacia un lado era ahora una suerte de mujer de dos
caras, y la última parecía absorber todo en un remolino al más allá.
No entendía
nada, en su cabeza aturdida, iniciaba el desfile de las posibles soluciones,
pediría una prórroga pero no, la revista salía esa semana, llamaría a algún
colega y le cedería la publicación, pero tampoco, eso la haría quedar
terriblemente mal, tendría que entregar algún trabajo viejo, inédito y pagar el
precio de no compartir su inquietud actual, morfársela y a otra cosa, otra vez.
El dolor en el
abdomen de ninguna manera la dejaría revisar sus antiguos proyectos en paz,
parecía como empujarla por dentro en direcciones que no terminaban de
decidirse. Así no podía hacer nada, apenas eran las once y el día ya estaba
empecinado en vestirse de absurdos, resolvió recostarse un momento y
descansar. Llevó la cámara consigo y la dejó a un costado de la cama
mientras prendía un cigarrillo.
Cada pitada enardecía la idea de estar acercándose a un centro cargado de misticismo, hace un tiempo que a su vida la rodeaba un aura de incógnita cada vez más clara e insoportable. Durante el día las cosas iban bien, no tenía mucho de qué preocuparse, salvo alguna cuenta que olvidó pagar, algún mensaje que no supo responder, pero en general navegaba con la corriente de la cotidianidad a su favor. Las noches, en cambio, se coloreaban de suspenso y ansiedad, la sospecha de que algo podría no andar bien se asomaba en forma de profecía oculta que vaticinaba el descalabro, la inestabilidad y el descontrol. En más de una oportunidad, se dejaba embriagar por el encanto de las horas de la madrugada, naufragaba entre tabaco y alcohol, y terminaba divagando en historias pecaminosas, fantasías de cuerpos castigados y drama. La música y ciertos personajes, que amistosamente le hacían las veces de testigos fascinados por sus invenciones y anécdotas, eran parte esencial de esa tragicomedia desvelada. Algunas veces sentía que otra vez se acercaba el ataque de esa negrura pantanosa donde es fácil entrar pero doloroso salir.
Si tan sólo
pudiera poner paños fríos a esa oscilación constante entre la inercia del
bienestar y la autodestrucción inevitable, se sentía eligiendo volver insistentemente
sobre lo mismo, sin quererlo los ciclos se cumplían reventándole su indecisión
en la cara.
El cigarrillo
ya era cenizas cuando sus pensamientos comenzaron a hilvanarse, las ideas
aisladas que había barajado durante la mañana de pronto se encontraron en un
mismo lugar. Las fotografías y el sueño pasaban a tener algo en común, el
espanto. De cierta manera, todo giraba alrededor de la bienvenida a un lugar
infernal, había gatillos que disparaban la misma bala, la misma temática, la
misma pregunta muda, y su respuesta amordazada por el miedo.
Con la mirada
perdida en el devenir de sus especulaciones buscó la cámara, la mano trémula la
despertó de su ensoñación, el pulso tembloroso amenazaba con dejarla caer, tuvo
que sacar al auxilio su otra mano que sin cuidado soltó el cigarrillo al suelo.
El vidrio
negro era una advertencia, pero necesitaba saber, necesitaba darse una
respuesta. La pantalla se encendió y esta vez ella ponía toda su observación, todo
su minucioso análisis detectivesco en las imágenes como pistas. De a poco, fue
descubriendo detalles que no había sabido apreciar, por una lado las luces
ahora le generaban una fuerte impresión en la vista, la encandilaban de maneras
que no sólo no tenían razón de ser, sino que parecían encenderse con más
vehemencia que antes. Aunque los destellos resplandecientes colmaban su
atención, vio caer un telón opaco sobre la escena, una leve neblina que
confunde, que ahoga, que oprime, era un calor vaporoso, como humo rancio. Sin
embargo, ni las luces, ni la cortina blanquecina. Era una oscuridad que no se
limitaba a la ausencia de luz, la que envolvió vilmente el ambiente en
tinieblas. Todo tan vívido que le dio náuseas.
Una quinta
escena fue la que desató la arcada, desde las sombras vio emerger un hombre que
le sonreía, a su alrededor el mar de gente se abría, estaba solo, esperando en
la distancia, no lo recordaba pero sabía que lo conocía, no era un invitado
más, ni el amigo de un amigo. A pesar del ruido en la imagen, como una lluvia
que desdibujaba sus rasgos, sus ojos rojos, que no se explicaban por razones
fotográficas, atrajeron su mirada y no podía dejar de verlo, era una compulsión
insoportable. Esos ojos rojos, esas luces como fuego, esa mueca de cínica
compasión... La abstracción los enfrentaba. De golpe el sueño, las fotos, las
noches de desvelo coincidieron en esa cara de templanza horrorosa que ya la
había visitado a la hora infame, en esos labios de mensajero diabólico que ahora
reconocía en una voz que la acosaba. El mensaje parecía por fin descifrase en
las comisuras de esa boca: "no te deseo... Sólo puedo provocar”.
Se preguntó si
era posible vomitar remordimiento.