En la matriz de las profundidades, el eco murmurante me susurra incansable que de polvo estamos hechos, que nada somos, que la estadía en este mundo es efímera, dolorosa, y que el mero fin del hombre es acabar enterrado en un lecho húmedo, oscuro y marchito.
Pero
sobre el retaso azul del cielo más allá de las entrañas de la
esfera radiante se escucha un clamor vivaz, lleno de luz y pureza que
me incita a pensar que nuestra existencia no carece de sentido, sino
que aquí estamos para apreciar al mismísimo sol, a la mismísima
tierra. Que todo esto no ha sido creado en vano, que el sentir es
divino y el amar es preciado.


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