jueves, 14 de mayo de 2020

Introducción al Enigma: Así que el Diablo.

A pesar de la lluvia, a ella nada la mojaba, una cortina turbia le molestaba en la vista y sentía el chasquido de las gotas contra el cemento, sin embargo nada tocaba su piel. Andaba sin rumbo, atenta a su intuición, empujada por la explosiva sensación de que esa noche sí, esa noche por fin lo encontraría. Era de madrugada pero ya casi amanecía, aguardaba una coordenada, una pista en la ciudad vacía que la llevara al encuentro. Le preocupaba estar sola cuando el sol despertara, tenía el presentimiento de que algo suyo e insoportable se revelaría y no era buena la ausencia de testigos.

 

La guiaban lugares conocidos, plazas desiertas con algún borracho dormido en el regurgitar vaporoso de su trasnoche habitual, de vez en cuando algún auto negro o rojo le daba el susto de la esperanza en el estómago.

Los pasos se hacían ligeros a medida que avanzaba al sur, empezaba a sentir la certeza de que faltaba poco porque el silencio cesaba y creía oir algo de música muda y opaca.

El sonido se iba aclarando con cada metro ganado, aunque también lo hacía el cielo, y entonces de pronto la certeza se bañaba de miedo, pero no importaba, nada podía ser peor que la incertidumbre a la hora de la soledad.

No supo bien cómo el pie izquierdo tomó el mando y la hizo doblar hacia el río, era esa autonomía del sueño, la impulsividad incontrolable del inconsciente que marcaba el camino.

La música ahora se oía densa e inapelable, signo de cercanía, de llegada inminente al puerto Fatalidad.

 

No ameritan los rodeos cuando se trata de la verdad, avanzó y a unos metros vió el destello incesante de luces y colores que se entremezclaban en un duelo algo erótico y agresivo. Llegaba tarde, y a esa hora nada es gratis. Al siguiente parpadeo, la encontraron de frente violentándole de lleno la mirada, todo se confundía en estelas, se difuminaban los límites y corazón del clima palpitaba al ritmo de un en el fulgor frenético, un asco de cuerpos. Siguió de cerca el espectáculo lisérgico y sin notarlo se dejó absorber por un pasillo agusanado que se estiraba a cada paso en la viscosidad de sus paredes. El movimiento parecía disfrazarse de cadencia vieja, de vibración y delay. Lo interminable del pasillo no dejaba ver el final, el tiempo se empecinaba en saberse imparcial, como si la realidad toda estuviera en su contra. Sin embargo, la máquina seguía funcionando y la salida se teñía de  colores y abismo.

Sus piernas comenzaron a temblar cuando en el fondo vió la reunión, y un gusto a metal atacó bruscamente su boca.

No necesitaba seguir para saber que el paisaje era claro a pesar de la oscuridad, la música le aturdía los oídos, apenas escuchaba sus pensamientos que a esta altura no variaban demasiado, más bien se hilaban al compás del ritmo persistente de una única canción. El ambiente se espesaba por el vapor de los cuerpos y el humo le sofocaba los pulmones, había algo como azufre en el aire.

Una vez dentro, el resplandor se tornó fuego y neón, paradoja de temperaturas frías y ardientes. Todo confluía en una única escena, la de los sátiros ciegos, ahí estaban ellos. Todos sus amantes perdidos en fiestas distintas pero sin ella,  la indiferencia le partió en dos la cabeza. Angustiada, recorrió el invernadero de lenguas afónicas, otra vez la danza oleosa que no se detiene y en la que ella no tenía lugar... sabía bien por qué.

Como si hubiera estado siempre formando parte de la pintura, el maestro de ceremonia más infame hizo su entrada orquestando la secuencia desde su trono invisible, la había estado esperando y se contentó al verla llegar.

El diálogo era inevitable, flotaban en su mente las frases que debía decir porque estaba ahí para eso, pero la voz se escondió y de su garganta se apoderó un nudo negro que le apretaba el cuello hasta estallar en desesperación. Sabía lo que él quería, esa porquería inmunda, su núcleo roto, su más ajena intimidad. "Sé lo que me vas a ofrecer, créeme que no me cuesta nada darte el alma, pero ¿A quién le interesa una hecha pedazos?". El diablo le sonrió como comprendiendo, como estirando una mano compasiva en un gesto que lo volvía cálido y encantador, en sus ojos había paz y las historias que cuentan su malicia no le hacían justicia a su amabilidad. ¿Cómo no mirarlo con deseo si su prestigio de perversidad se deshacía en las comisuras de sus labios? Nada de colas y cuernos, tampoco palabras para este Satán hecho de hombre en plenitud. Ninguna oferta, ningún contrato, esperaba calmo como si todo hubiera estado escrito para él.

 

Ella avanzó decidida, su piel empezaba a quemar cuanto más la fascinaba su proximidad, la tensión subía lentamente por sus músculos tiesos, toda una parálisis en movimiento y el llamado en el pecho al alivio de su boca. De a poco volvía el silencio, todo estaba en pausa y el debate en su interior duró poco. ¡Al fin de frente a su historia, al fin la confesión tocaba la puerta!

 

Un último parpadeo la empujó al encuentro, trastabilló el último paso, un mareo le confundió el peso y la llevó a desvanecerse en los brazos infernalmente abiertos. El cuerpo se le desprendía y ahora era suyo, su segunda piel. Sintió la más dulce de las armonías, su respiración entibiándole el cuello, y sus manos acariciándole el pelo.

Ya no había tiempo, el sol daba los buenos días pero la fiesta estaba lejos de haber terminado.

Casi como una epifanía, supo que la verdad estaba a su cargo, fundida en un abrazo con el mismísimo infierno, escuchó su destino cumplirse: “no te deseo”.

domingo, 10 de mayo de 2020

Niña azul y oro

¿Se acordará papá de esa vez que lo desperté a las seis de la mañana porque no teníamos cable en casa y había que ver el partido en lo de algún amigo? Seguro se acuerda que tenía mucho sueño, que no había podido dormir en toda la noche porque algo me golpeaba la panza, desde adentro, como una alegría muda, como un futuro que ya estaba ahí, en mi almohada llena de sueños.
No tengo una memoria lúcida sobre mi niñez, los recuerdos son pocos y aparecen como flashbacks incompletos, como ensoñaciones distantes, pero sobre esa mañana puedo decir hasta lo que tenía puesto. 
Me acuerdo entrar en la casa de Roby, claro que en puntitas de pie porque la familia vestía otros colores y dormía tan profundamente como casi la mitad del país. La otra mitad éramos nosotros, la casa en penumbras y algunas extrañas luces tenues me daban la bienvenida al preámbulo de la historia, eran velas con imágenes de santos que a mis ocho años no conocía pero en quienes confiaba como si fueran el Ratón Pérez o Papá Noel. Mitigamos la ansiedad con algunas facturas todavía tibias, mate y té con leche para mí, todavía me faltaban unos años para apreciar los sabores fuertes. Cuando me di cuenta, ya estábamos todos tensos otra vez, el desayuno daba vueltas en mi estómago hasta la náusea.
Me persigné con el pitido del silbato y boom, algo se cayó dentro mío. Lo que estaba pasando era más grande que 22 tipos pateando una pelota, excedía los colores, el barrio y el club. Era mi historia la que se estaba escribiendo y esa final, la tinta con la que dibujaba a mi familia reunida y a mí en ella. La mismísima inocencia en unas manos transpiradas, en uñas mordidas, en el vibrar insoportable de una pierna, porque el fútbol era eso, inocencia. Un juego que nos pertenecía a todos por igual, como el cumpleaños de una familia entera, como la navidad más colorida, como vacaciones en pleno enero.
El partido fue eterno, una montaña rusa de emociones incoherentes, alguna risa nerviosa, cuernitos salvadores y súbitos saltos de la silla cuando nos acercábamos como un batallón al arco rival. De los goles no puedo decir nada, no recuerdo ni quienes los hicieron, ni cómo fueron, sólo sé que me puse a llorar en ambos dos, debe ser que la intensidad desbordó la posibilidad de guardar el momento. Y entonces, de repente, tablas, contundente empate y un suspiro.
Ahora a rezar, porque en esa época era una digna hija del catolicismo, a rezarle al San Benito de vela y borde de chapa y a prometerle a Dios, que seguro estaba mucho más ocupado que yo resolviendo el hambre de un mundo que desconocía, lo que quisiera, rosarios, velitas, ser una niña buena.
Penales y de nuevo algo se soltaba adentro mío, como si el corazón no quisiera ver y se dejara caer desconsolado a sufrir su destino.
Lo veo al Pato acercarse al arco, no sé por qué pero siempre me resultó parecido a mi papá, así que le tenía un cariño especial y también esa suerte de fe ciega y edípica que lo volvía un héroe. Todo listo para el primer penal, el Pato se lo parla a Pirlo, de mí nace una energía que me recorre el cuerpo y se condensa en mis manos de cuernos rígidos y apuntados al rival, convencida de mis poderes me susurro en la cabeza "lo ataja", el aire se cortaba con cuchillo y ni el árbitro estaba seguro de pitar, pero lo hace, bocanada de aire profundo y pii... la pelota recorre el aire, el tiempo se vuelve lejano... X. 
Diagnóstico? Disfonía. Ahora Schiavi, gigante de patas largas, noble pero duro. No estoy segura pero probablemente abracé a mi viejo para no ver nuestros penales, pura cábala. Gol, y a cada minuto se volvía más evidente que yo era bruja, no es fácil explicar el devenir de la vida, a veces milagros, otras maldiciones o, en este caso, magia, la mía.
El devenir fue agotador, contracciones y escasa relajación del cuerpo, alerta, transpiración fría, gritos de todos los colores pero siempre azul y oro. Gol de Costa, silencio.
Battaglia no, no Battaglia... Pero algo tenía que fallarle al jugador con más títulos en Boca, cinco emblemático y bonachón, además seguro muchas personas en Italia habían juntado todo su ki a la vez nublándole la vista y haciéndole anunciar el lanzamiento. Dida, iluminado, había recibido el mensaje como una epifanía, adivinando el palo al que iría la pelota. Nuestra respuesta no sé hizo esperar porque así es esto, no te da respiro. Pronto contraataque al estilo Mostaza Merlo, cábalas enfurecidas y Seedorf le termina pidiendo a la vecina que le devuelva el fulbo.
A esta altura de la definición, el canto de la hinchada me hacía pensar que si yo era Donnet, o me desmayaba o mi pierna se volvía un misil... al parecer él habrá sentido igual porque la pierna no voló por los aires de milagro y el arquero tuvo suerte de ni verla. Lo chistoso es que en mi ingenuidad los jugadores no fallaban si el arquero atajaba, y en ese momento cuando el Pato le ataja a Costacurta realmente pensé que era un Dios de los tres postes, ahora veo cómo lo pateó y me da algo de bronca tanto entendimiento, tanta obviedad y sentido adulto.

Lo que sigue es de lo más extraño que me pasó en la vida. La alegría es inconmensurable y golpea fuerte la necesidad de agradecerle a alguien por la felicidad de mi viejo, de Roby, y del vecino que prendía bengalas y cantaba como loco. Ahí estaba, lo ví sobre la mesa, aún radiante, entre lágrimas le agradecí a lo único que podía en ese momento de euforia y emoción, le di un beso al San Benito de vela y borde de chapa... Sí, no se entendía por qué lloraba, éxtasis bostero o porque mi boca era un infierno. No importó, el dolor sellaba el recuerdo de la felicidad misma, y hoy veo a esos niños en la foto con la misma ilusión y magia que yo viví ese y cada momento teñido de esos colores. Boca no es sólo Boca para mí, es mi familia, es la comunión con personas con las que comparto esa pasión y también con las que no, porque en mi vida el juego une aún en la mayor rivalidad, eso lo sigo viendo con los ojos de mi infancia y ojalá lo que se vivió en esta foto esté teñido de algo similar y que los recuerdos hoy unan lo que en el presente está algo distanciado. Las fotos son otra forma de acortar distancias, de revivir o experimentar escenas, contar historias y compartirlas con nuestros afectos, esta es un pedacito de la mía.






CsO

Es el sentido que me apresa  Presa amotinada de palabras Nenúfar, quiero decir nenúfar y que sea tu columna vertebral flotando en mi mano Qu...