¿Se acordará papá de esa vez que lo
desperté a las seis de la mañana porque no teníamos cable en casa y había que
ver el partido en lo de algún amigo? Seguro se acuerda que tenía mucho sueño,
que no había podido dormir en toda la noche porque algo me golpeaba la panza,
desde adentro, como una alegría muda, como un futuro que ya estaba ahí, en mi
almohada llena de sueños.
No tengo una memoria lúcida sobre mi
niñez, los recuerdos son pocos y aparecen como flashbacks incompletos, como
ensoñaciones distantes, pero sobre esa mañana puedo decir hasta lo que tenía
puesto.
Me acuerdo entrar en la casa de Roby,
claro que en puntitas de pie porque la familia vestía otros colores y dormía
tan profundamente como casi la mitad del país. La otra mitad éramos nosotros,
la casa en penumbras y algunas extrañas luces tenues me daban la bienvenida al
preámbulo de la historia, eran velas con imágenes de santos que a mis ocho años
no conocía pero en quienes confiaba como si fueran el Ratón Pérez o Papá Noel.
Mitigamos la ansiedad con algunas facturas todavía tibias, mate y té con leche
para mí, todavía me faltaban unos años para apreciar los sabores fuertes. Cuando me
di cuenta, ya estábamos todos tensos otra vez, el desayuno daba vueltas en mi
estómago hasta la náusea.
Me persigné con el pitido del silbato
y boom, algo se cayó dentro mío. Lo que estaba pasando
era más grande que 22 tipos pateando una pelota, excedía los colores, el barrio
y el club. Era mi historia la que se estaba escribiendo y esa final, la tinta
con la que dibujaba a mi familia reunida y a mí en ella. La mismísima inocencia en
unas manos transpiradas, en uñas mordidas, en el vibrar insoportable de una
pierna, porque el fútbol era eso, inocencia. Un juego que nos pertenecía a
todos por igual, como el cumpleaños de una familia entera, como la navidad más
colorida, como vacaciones en pleno enero.
El partido fue eterno, una montaña
rusa de emociones incoherentes, alguna risa nerviosa, cuernitos salvadores y
súbitos saltos de la silla cuando nos acercábamos como un batallón al arco
rival. De los goles no puedo decir nada, no recuerdo ni quienes los hicieron,
ni cómo fueron, sólo sé que me puse a llorar en ambos dos, debe ser que la
intensidad desbordó la posibilidad de guardar el momento. Y entonces, de
repente, tablas, contundente empate y un suspiro.
Ahora a rezar, porque en esa época era
una digna hija del catolicismo, a rezarle al San Benito de vela y borde de
chapa y a prometerle a Dios, que seguro estaba mucho más ocupado que yo
resolviendo el hambre de un mundo que desconocía, lo que quisiera, rosarios,
velitas, ser una niña buena.
Penales y de nuevo algo se soltaba
adentro mío, como si el corazón no quisiera ver y se dejara caer desconsolado a
sufrir su destino.
Lo veo al Pato acercarse al arco, no
sé por qué pero siempre me resultó parecido a mi papá, así que le tenía un
cariño especial y también esa suerte de fe ciega y edípica que lo volvía un
héroe. Todo listo para el primer penal, el Pato se lo parla a Pirlo, de mí nace
una energía que me recorre el cuerpo y se condensa en mis manos de cuernos
rígidos y apuntados al rival, convencida de mis poderes me susurro en la cabeza
"lo ataja", el aire se cortaba con cuchillo y ni el árbitro estaba
seguro de pitar, pero lo hace, bocanada de aire profundo y pii... la pelota
recorre el aire, el tiempo se vuelve lejano... X.
Diagnóstico? Disfonía. Ahora Schiavi,
gigante de patas largas, noble pero duro. No estoy segura pero probablemente
abracé a mi viejo para no ver nuestros penales, pura cábala. Gol, y a cada
minuto se volvía más evidente que yo era bruja, no es fácil explicar el devenir
de la vida, a veces milagros, otras maldiciones o, en este caso, magia, la mía.
El devenir fue agotador, contracciones
y escasa relajación del cuerpo, alerta, transpiración fría, gritos de
todos los colores pero siempre azul y oro. Gol de Costa, silencio.
Battaglia no, no Battaglia... Pero
algo tenía que fallarle al jugador con más títulos en Boca, cinco emblemático y
bonachón, además seguro muchas personas en Italia habían juntado todo su ki a
la vez nublándole la vista y haciéndole anunciar el lanzamiento. Dida,
iluminado, había recibido el mensaje como una epifanía, adivinando el palo al
que iría la pelota. Nuestra respuesta no sé hizo esperar porque así es esto, no
te da respiro. Pronto contraataque al estilo Mostaza Merlo, cábalas enfurecidas
y Seedorf le termina pidiendo a la vecina que le devuelva el fulbo.
A esta altura de la definición, el
canto de la hinchada me hacía pensar que si yo era Donnet, o me desmayaba o mi
pierna se volvía un misil... al parecer él habrá sentido igual porque la pierna
no voló por los aires de milagro y el arquero tuvo suerte de ni verla. Lo
chistoso es que en mi ingenuidad los jugadores no fallaban si el arquero
atajaba, y en ese momento cuando el Pato le ataja a Costacurta realmente pensé
que era un Dios de los tres postes, ahora veo cómo lo pateó y me da algo de
bronca tanto entendimiento, tanta obviedad y sentido adulto.
Lo que sigue es de lo más extraño que
me pasó en la vida. La alegría es inconmensurable y golpea fuerte la necesidad
de agradecerle a alguien por la felicidad de mi viejo, de Roby, y del vecino
que prendía bengalas y cantaba como loco. Ahí estaba, lo ví sobre la mesa, aún
radiante, entre lágrimas le agradecí a lo único que podía en ese momento de
euforia y emoción, le di un beso al San Benito de vela y borde de chapa... Sí,
no se entendía por qué lloraba, éxtasis bostero o porque mi boca era un
infierno. No importó, el dolor sellaba el recuerdo de la felicidad misma, y hoy
veo a esos niños en la foto con la misma ilusión y magia que yo viví ese y cada
momento teñido de esos colores. Boca no es sólo Boca para mí, es mi familia, es
la comunión con personas con las que comparto esa pasión y también con las que
no, porque en mi vida el juego une aún en la mayor rivalidad, eso lo sigo
viendo con los ojos de mi infancia y ojalá lo que se vivió en esta foto esté
teñido de algo similar y que los recuerdos hoy unan lo que en el presente está
algo distanciado. Las fotos son otra forma de acortar distancias, de revivir o
experimentar escenas, contar historias y compartirlas con nuestros afectos,
esta es un pedacito de la mía.

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