A
pesar de la lluvia, a ella nada la mojaba, una cortina turbia le molestaba en
la vista y sentía el chasquido de las gotas contra el cemento, sin embargo nada
tocaba su piel. Andaba sin rumbo, atenta a su intuición, empujada por la
explosiva sensación de que esa noche sí, esa noche por fin lo encontraría. Era
de madrugada pero ya casi amanecía, aguardaba una coordenada, una pista en la
ciudad vacía que la llevara al encuentro. Le preocupaba estar sola cuando el
sol despertara, tenía el presentimiento de que algo suyo e insoportable se
revelaría y no era buena la ausencia de testigos.
La
guiaban lugares conocidos, plazas desiertas con algún borracho dormido en el
regurgitar vaporoso de su trasnoche habitual, de vez en cuando algún auto negro
o rojo le daba el susto de la esperanza en el estómago.
Los
pasos se hacían ligeros a medida que avanzaba al sur, empezaba a sentir la
certeza de que faltaba poco porque el silencio cesaba y creía oir algo de
música muda y opaca.
El
sonido se iba aclarando con cada metro ganado, aunque también lo hacía el
cielo, y entonces de pronto la certeza se bañaba de miedo, pero no importaba,
nada podía ser peor que la incertidumbre a la hora de la soledad.
No
supo bien cómo el pie izquierdo tomó el mando y la hizo doblar hacia el río,
era esa autonomía del sueño, la impulsividad incontrolable del inconsciente que
marcaba el camino.
La
música ahora se oía densa e inapelable, signo de cercanía, de llegada inminente
al puerto Fatalidad.
No ameritan los rodeos
cuando se trata de la verdad, avanzó y a unos metros vió el destello incesante
de luces y colores que se entremezclaban en un duelo algo erótico y agresivo. Llegaba tarde, y a esa hora nada es gratis. Al siguiente parpadeo, la encontraron de frente violentándole de lleno la mirada, todo se confundía en estelas, se difuminaban los límites y corazón del clima palpitaba al ritmo de un en el fulgor frenético, un asco de cuerpos. Siguió de cerca el
espectáculo lisérgico y sin notarlo se dejó absorber por un pasillo agusanado que
se estiraba a cada paso en la viscosidad de sus paredes. El movimiento parecía
disfrazarse de cadencia vieja, de vibración y delay. Lo interminable del
pasillo no dejaba ver el final, el tiempo se empecinaba en saberse imparcial,
como si la realidad toda estuviera en su contra. Sin embargo, la máquina seguía
funcionando y la salida se teñía de
colores y abismo.
Sus
piernas comenzaron a temblar cuando en el fondo vió la reunión,
y un gusto a metal atacó bruscamente su boca.
No
necesitaba seguir para saber que el paisaje era claro a pesar de la oscuridad,
la música le aturdía los oídos, apenas escuchaba sus pensamientos que a esta
altura no variaban demasiado, más bien se hilaban al compás del ritmo
persistente de una única canción. El ambiente se espesaba por el vapor de los
cuerpos y el humo le sofocaba los pulmones, había algo como azufre en el aire.
Una vez dentro, el
resplandor se tornó fuego y neón, paradoja de temperaturas frías y ardientes.
Todo confluía en una única escena, la de los sátiros ciegos, ahí estaban ellos. Todos sus amantes perdidos en fiestas distintas pero sin ella, la indiferencia le partió en dos la cabeza. Angustiada, recorrió el
invernadero de lenguas afónicas, otra vez la danza oleosa que no se detiene y
en la que ella no tenía lugar... sabía bien por qué.
Como
si hubiera estado siempre formando parte de la pintura, el maestro de ceremonia
más infame hizo su entrada orquestando la secuencia desde su trono invisible,
la había estado esperando y se contentó al verla llegar.
El
diálogo era inevitable, flotaban en su mente las frases que debía decir porque
estaba ahí para eso, pero la voz se escondió y de su garganta se apoderó un
nudo negro que le apretaba el cuello hasta estallar en desesperación. Sabía lo
que él quería, esa porquería inmunda, su núcleo roto, su más ajena intimidad.
"Sé lo que me vas a ofrecer, créeme que no me cuesta nada darte el alma,
pero ¿A quién le interesa una hecha pedazos?". El diablo le sonrió como
comprendiendo, como estirando una mano compasiva en un gesto que lo volvía
cálido y encantador, en sus ojos había paz y las historias que cuentan su
malicia no le hacían justicia a su amabilidad. ¿Cómo no mirarlo con deseo si su
prestigio de perversidad se deshacía en las comisuras de sus labios? Nada de
colas y cuernos, tampoco palabras para este Satán hecho de hombre en plenitud.
Ninguna oferta, ningún contrato, esperaba calmo como si todo hubiera estado
escrito para él.
Ella
avanzó decidida, su piel empezaba a quemar cuanto más la fascinaba su
proximidad, la tensión subía lentamente por sus músculos tiesos, toda una
parálisis en movimiento y el llamado en el pecho al alivio de su boca. De a
poco volvía el silencio, todo estaba en pausa y el debate en su interior duró
poco. ¡Al fin de frente a su historia, al fin la confesión tocaba la puerta!
Un
último parpadeo la empujó al encuentro, trastabilló el último paso, un mareo le
confundió el peso y la llevó a desvanecerse en los brazos infernalmente abiertos. El cuerpo
se le desprendía y ahora era suyo, su segunda piel. Sintió la más dulce de las
armonías, su respiración entibiándole el cuello, y sus manos acariciándole el
pelo.
Ya no había tiempo, el sol
daba los buenos días pero la fiesta estaba lejos de haber terminado.
Casi como una epifanía, supo
que la verdad estaba a su cargo, fundida en un abrazo con el mismísimo
infierno, escuchó su destino cumplirse: “no te deseo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario