Me
niego a creer que el universo no es tan infinito como tú creías. Me
rehúso a abandonar mis ilegítimas ideas tan sólo porque almas
hastiadas acribillaron a mansalva tus esperanzas metafísicas.
Quizá
esté demasiado lejos para que sus ojos cegados por mentiras lo vean. Quizá esté demasiado cerca para que su mente manchada de pavimento y ofuscada por el resentimiento puedan, alguna vez,
llegar. Quizá la clave esté en la no consciencia. Tal vez debamos
desprendernos de ella, darle libre albedrío a esa otra cosa que aun
no...
Si
tan sólo otra vez consiguieras ver que sos tu mapa, el
camino, el código, la llave...
Dejame
cruzar el umbral tomada de tu mano... dejame señalarte el sendero
que vos mismo plantaste en mi. Acompañame con tu luceros ofendidos y
tus manos apuñaladas a lo que hay del otro lado de la vida.
(...)Se
colgó de su cuello y quiso decir algo más pero no pudo seguir
hablando y, como el sillón estaba cerca de la cama, oscilaron sobre
ella y cayeron. Allí yacieron, pero no tan entregados como la noche
anterior. Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosos, dibujándose
extrañas muecas en sus rostros; buscaban horadando el pecho del otro
con la cabeza, y sus abrazos y sus cuerpos violentamente entrelazados
no les hacían olvidar, sino que les recordaban el deber de buscar;
como perros desesperados que escarban en el suelo, así escarbaban en
sus cuerpos, irremediablemente decepcionados, para sacar algún resto
más de felicidad, deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno. Sólo
el cansancio logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente
agradecidos. (...)
"El
Castillo" Kafka.
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