No hay caso, la basura siempre la tengo que sacar yo y te juro que ya me exiliaría con ella. Mirá, mirá ahí, mirá cómo resbala el dulce de leche vencido por el borde de la bolsa, mirá cómo lo acompañan un poco de yerba y el pan rayado de anoche. ¿A vos te parece? Semejante espectáculo de texturas y no se le ocurre hacerse cargo. Desde acá te huelo el huevo podrido y los ravioles que Carmen me trajo hace como diez días y que apenas pude probar porque, no sé qué es lo que me pasa, pero ando un poco inapetente. De cualquier manera, me alegra que ya estén en el tacho, y a la vez me fastidia que sigan ahí. No importa lo que haga, la basura siempre en el mismo lugar, interrumpiéndome la vida con sus testigos amantes que zumban mis lecturas y los hedores inapelables que me recuerdan su existencia desde los rincones más lejanos en los que yo esté.
Juro que entiendo que no le moleste, si apenas está en casa, si llega y se va como un fantasma. Tiene una sensibilidad distinta y no sentimos igual, pero después de todo lo que pasamos podría hacerlo por mí, cuidar un poco la casa, hacer de cuenta que le importa porque ya no se puede vivir más así, yo no puedo más así.
No sé hace cuánto que venimos con esto, que me despierto con el recordatorio intacto de su negligencia en una cáscara de banana al costado de la cama, que me siento a escuchar música sobre las cenizas de sus cigarros tapizando el sillón. Me seco las lágrimas con los pañuelos usados y duros que voy encontrando en estantes hechos de polvo, mientras paseo pateando las latas de su vicio.
Ya la mierda se aferra a mis tobillos.
Te juro que ya ni siquiera es su falta de compromiso, lo que me vuelve como la brisa putrefacta que dejó esparcir. Es otra cosa y decime vos, ¿cómo se lo tengo que pedir, le tengo que rogar? Lo haría, pero no me ve, no ve que no me quedan fuerzas para ponerme al hombro las bolsas de nuestros restos, ni para limpiar sus obras de suciedad y olvido. Me violenta cómo se desprende tan fácil de eso que llamamos desechos, los va dejando caer con una despreocupación envidiable, se desviste de mierda y no importa porque igual se ve tan bien. En cambio yo me baño una, dos, cien veces al día para tapar el perfume de su descuido y no hay manera, es como revolcarme en lodo, se me adhiere la grasa, los pelos y las uñas en mi piel. Me acuesto en la cama y se me pegan los residuos de un "te amo" podrido, también los besos de aliento a muerte, su sexo de saliva seca, las sábanas de fragancia fuerte. Busco consuelo en el estar y sobre la mesa ratona, el vino que tomó la última vez, algún preservativo usado en el sillón, los cartuchos de tinta en la alfombra y los libros manchados de mate. Me repliego en la cocina y me atacan los envoltorios de los chocolates que solía comprar, su comida favorita en el mantel, el delantal con un abrazo por la espalda y su costumbre insoportable de pedirme que saque la basura.
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