miércoles, 8 de abril de 2020

Antes del Postludio


Quiere que no termine nunca, bajarse jamás, que la gente no se vaya, que el éxtasis del momento sea eterno. Ve el mar de rostros entusiasmados, lo observan, lo escuchan pero sabe que debe haber un cierre, que luego vendrán quizás los aplausos y futuras invitaciones. Pero aún así, no se contiene, lo muerde la idea de que concluir tiene un poco de gusto a muerte, que mantener la performance andando en círculos da algo de vida, por más dramática que sea, pica, pincha, duele, agota pero es.
Es un tipo que disfruta el viriviri, contonearse en la Sarasa y quedarse un poco más. Suele escribir y la última línea se le dificulta, a veces se detiene en el último beso, el más cruel y rememora, cuando escucha la canción final se angustia. Dilata eso que suele hacerse en cinco minutos, se viste de Napoleón y afronta el despertar de un sueño todos los días. Se cansa de ver el sol caer, y piensa que la noche debería ser inacabable. Se desespera por no poder escapar al devenir de las horas, le gustaría inventar otro tiempo en el que los minutos no corran, pero se acuerda que al fin y al cabo el tiempo no se detiene nunca, y se lamenta de que tarde o temprano él dejará de contarlo. Se obsesiona con parar, ser inmortal pero sabe que no puede,  su cuerpo sigue en movimiento, y cada tanto una voz y los ecos de lo que alguna vez dijo le recuerdan que fue distinto, imágenes incesantes confunden su historia.
Suele inquietarle una compañía, aún siente su fantasma enfriándole el cuerpo. Le vuelven los besos, las caricias, la empieza a desvistir y no logra entender si es un sólo un recuerdo. No puede dejar de sentirla, no puede. Ahora la oye hundiéndose en un suspiro y luego otro, él se preocupa, suena la primera alarma que anticipa un final, "ahora no, no nunca". Se abraza a ella, tal vez demasiado. Pero ella en cambio se queja, se endurece, lo pellizca, lo mira fijamente. Pero ella en cambio se queja.
"Quédate así siempre", piensa mientras la ve entre penumbras que desconciertan. Escucha un gemido, otro más, segunda alarma y él llora, "se va a acabar". Busca retenerla, la aprieta, un montón, le sostiene el cuello, goza aplastarla con todo su peso.
Un grito, dos, y tres, no hay más alarmas.
Siente que no terminó nunca, se desvanece esa presencia y desde la oscuridad emergen ahora los aplausos, algunos papeles y mañana otra vez a las ocho.

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