Mándame a la cama. ¿No ves que no encuentro consuelo en las palabras que alguna vez tan bien supieron adornar mis días con naranjas dulces y sillones aterciopelados? Es sobre el colchón que tantas veces secó mis lágrimas que tal vez pueda tu nombre silenciar con la esperanza cínica de que las imágenes se desvanezcan con el rocío de la mañana. Pero ni abrazada a todas mis almohadas, ni contenida por mis pesadas sábanas podría evitar el agujero, la gota negra esparciéndose en mi pecho, y esa suerte de alivio y golpe mortal cuando despierte del sueño en el que mi alma te dibuja, en el que mi mente me condena.
La libertad es esa triquiñuela que se inventó para que corramos detrás de la zanahoria, para adormilarnos en la lucha contra un amo que no existe pero al que nunca se puede vencer. La libertad es una piedra que es nuestro pie, que es nuestra piel. Es la vorágine esperada del éxtasis supremo, es la ilusión de soltar la mano y caer en mares paradisíacos, cálidos y calmos. Pero está a la vista, nos pica en la nariz que luchar es pedir permiso, que hacer la nuestra es estar más pendiente que nunca, que oler con desesperación las cadenas rotas es crear esas cadenas. La lucha es conmigo, a cada segundo en que mi mente exhala la lava pestilente de mi histeria, me pierdo entera con un solo juego dialéctico, me apuesto todo este cacho que soy al rojo y al negro, y pierdo por indecisión, por desconocer que tus manos son las de cualquiera, que tu cariño es creencia o estruendo.
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