Como una cuerda que vibra desenfrenada por el roce de tus dedos, como el cigarrillo que se quema por tu incesante y caprichosa manera de acercar los labios a él... Me dejo consumir, me permito abandonarme al sonido de tus notas y de tus gotas merodeando sobre mi piel. Es cuando más creo en vos y en todo tu dogma del dejar fluir. Es un fingimiento placentero, como si se pudiera antes o después de envolverte entre mis piernas con mi serpenteo, pensar en nada. Es por eso que me intrigan los silencios ligeramente largos, el gesto de pasar la mano por la frente y los suspiros que se escapan denunciando las palabras que no se dicen porque no se encuentran. Sí se encuentran nuestros cuerpos, el mío temblando, el tuyo conmigo y del otro lado. Parece un recuerdo siempre lejano, como los restos de un sueño que al despertar, se revelan violentamente cerca de la almohada aún tibia, y que uno, con tanto esfuerzo y torpemente, intenta recuperar.
Te veo a través de una neblina apenas perceptible, sos la foto recortada por estos ojos analógicos y tu luz ahora decanta, porosa, en las apariciones incipientes de tu voz susurrándome al oído. Te resistí de lejos, escondida en otros brazos, es mi lamento ahora y siempre ser infiel con la mirada. Te resistí, sí, y ahora me vas quemando a golpes de manos frías y mimos como navajas en mi cuello.
Pero ay... me temo que sos de corazón promiscuo, lo dividís en dos, en tres. Desconectás las partes entre sí, y ya comienzan a reírse una de la otra, dementes, son incoherentes, se repelen, amagan a unirse, y al final, sólo danzan frenéticamente dando gritos de libertad que se deshacen en prisiones histéricas. Qué difícil despegarse de tu propio personaje, sos tu estafa, tu extraño en el espejo, lo que reconocés desconociéndote. Y a pesar de mi escepticismo, a veces algo empuja dentro mío, algo ciego, mi parte más crédula, mi inocencia mentida, aparece como una epifanía admitiendo sentir que me lo prestás casi entero, y qué dulce es creer que lo tengo por un rato, apretado contra mi cuerpo, como si pudiera manejar a mi antojo su destino, como si las catástrofes fueran predecibles, como si la historia estuviera escrita de una vez y para siempre. Me muestro tan segura de saber qué es lo que sos, y en el fondo soy una idiota.
Vos no lo sabés, pero incluso en este tren, el paisaje se confunde a través de la ventana y veo correr en cámara lenta mi película de engaños y disfraces. Es patético, me descubro haciendo un viaje con sabor a pesadilla recurrente, planificando ese horizonte siempre insoportable, oscuro, retorcido, esa tentación imbécil de mentirme e inventarme que podría dejarlo caer. Ja... Dejarlo caer... como si vos no lo tuvieras soldado a tu pecho. Tu corazón ludópata arriesga pagar un precio demasiado alto por un placer tan azaroso y efímero, pero ¿Qué sabores tendría la vida sin el sutil y perverso gusto por la muerte? ¿O será mi gusto por lamerte?
Después de todo me veo a mí lasciva, desvergonzada, al pié del cañón esperando ansiosa el estruendo final. Te busco convencida, develo tu estrategia sigilosa que va picándome el alma y me compele a rasguñarme en un éxtasis que goza y sangra. Sos un intruso, vas abriéndote camino en mi día, ganás terreno en todos mis sentidos, me atacás, tengo sed de vos, empiezo a anhelar tu piel que castiga la mía haciéndola tuya.
Me encuentro empapada y recelosa de recuerdos que no existen, como un limbo en el que caigo aunque me estruje las uñas en la pendiente, cada piedra tiene tu nombre grabado, es un reflejo ardiente, tan sólo una mirada, el corte de un cuchillo en la sien, el escalofrío que cala hondo y quema fuerte. El abismo me embriaga de tu rivalidad con vos mismo, siento el peso de mi cuerpo languidecer. Cada vez más denso, algo me llama desde ese otro lado, algo me pone de rodillas y me arrastra a mirar de lleno el infierno que se agrieta en espejismos de carne y besos secos, tan fácil saltar, tan insensato quedarse.
Es que esta neurosis eclosionada de par en par, la nuestra, nos encandila con destellos de encuentros y desencuentros. Vos sabés que se trata de hacerte creer que conozco dónde se esconde tu verdad, la imagino agazapada debajo de un puente que flaquea, refugiada bajo la ciudad Hiel. Busca camuflarse en la inhóspita noche, va revolcándose con víboras mientras le pasa una lengua pesada al suelo, y termina transformándose en estatuas de sal, sucias y húmedas. Quizás amanezcas con los ojos apuñalando esos monumentos al dictador de tus mentiras y descubras que han helado tus arterias azul invierno, que ya no te sirven de abrigo en la intemperie de la angustia, que tal vez tengas que pulirlas y adornarlas con las preguntas que tanto me gusta hacerte.
Pero en lugar de limpiarte la mente, instalaste un ring para varios en el estar de mis intenciones. Mis palabras se vuelven ahora remolinos en mi boca, porque tu forma de pedírmelo dejó el sabor de la indignación, nos dejamos sin vicios esta noche. Es otra cosa la que ahora se filtra entre mis dedos, es haber sabido que no lo tenía, que la ilusión fue más pesada que tus ansias de sostenerla. No ves cómo vos mismo tendés tu trampa, me mirás y me juzgás en la amargura de saberte cobarde. Qué difícil para mí no golpearme un poco el pecho y dejar caer alguna lágrima de pena. Esto sí es nostalgia, no puede ser despecho, no te culpo de no poder sortear tus vericuetos. Pero no te/me/nos mientas, es ahora cuando no hay verdaderamente más nada que pensar, te dejaste ver de lleno el corazón cuando al rozarte el pelo me recordaste que así empezó todo. Te estabas despidiendo y esta vez no puedo pasar los ojos inocentemente por la escena y entregarme a recuerdos efímeros. Habrá que hacer menos intenso el letargo infinito de verme otra vez sola, plantada ante el altar de la aventura. Siempre fue así, cada uno en una fiesta distinta, qué impulsividad la tuya, irresponsable y caliente. Es fácil no pensar cuando comanda el cuerpo pero la corriente se frena contra el dique del afecto. Es el detalle de nuestros encuentros descarnados, se te ocurre que tenés que poner algo que no te estoy pidiendo, sos un insecto solitario y mi cariño tu repelente.
Por eso sólo pretendo que queden en llamas las cenizas del sol, que se detenga el tiempo fugitivo y paranoico y que los ojos de nuestros testigos se ceguen de maldad. Que tus besos se enmudezcan en su punto más dulce y que en medio de la guerra nos encuentren nuestros versos.
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