Jugar con las palabras para despegar el abrojo de la frente, el ceño fruncido de niña frustrada, de pendeja quisquillosa.
Ahora te caen un par de fichas sobre la soledad, esa de la que hablás como se habla de una mancha de nacimiento, de un lunar, de una peca. La que tiene olor a ropero con humedad, la que se mueve como sombras verdes en el cielorraso, la victimaria silenciosa que se oculta detrás del gesto que inaugura la lectura de un poema.
Todo el día el ceño fruncido decía tu madre, tu abuela, tu tía. Todo el día la cara de culo denunciando el hastío que bordea el llanto de quién cree no ha recibido nada. Nadie quiso jugar a la poesía, la infancia es cruel y materialista, nunca te gustó moldear plastilina porque tu boca estaba llena de palabras como bloques, como témperas, como autitos embotellados.
Que eras una niña seria, una niña triste, una niña pregunta. Que eras una niña sonriente cuando volteaban a verte, que nadie sabía que inventabas un juego que otros querían jugar. Y así nació la impostura creativa, la niña buena alumna, así tuvo lugar aclimatarse para no aburrirse, no angustiarse, hablar con Dios por las noches para no sentirse una sombra verde y olvidada.
Entonces empezaste a jugar con las palabras mentidas, falsas verdades ofrecidas desde lo oscuro para sacar una mueca de valor propio en el juego ajeno.
Niña monstruo, niña palabra, andá a jugar un ratito, andá.
Andá a mitigar la soledad con cacofonías, adorná el silencio con acusmática, conjurá un poema infante, construí un castillo poético, destruilo y volvé a empezar toda vez que sea necesario atravesar el aburrimiento, recrear un rechazo, desabrochar el ceño.
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