¿Cómo se dice la cosquilla de un rasguño lascivo?
¿Cómo se pronuncia placer con la boca ocupada?
No recuerdo cómo cruzó la reja, ni si dijo hola, ni cómo caminó del auto hasta mi entrada. Yo sólo sé que lo estaba besando, mucho antes de que llegara, mucho antes de que me escribiera esa noche.
Entró, preguntó alguna estupidez sobre si nos conocíamos pero la verdad no sé, no me interesaba escucharlo. Con los ojos disociados me le abalancé y él me levantó bajo la luz azul mersa del comedor, cual película de Gaspar Noé.
Me apretó entera contra la pared helada y sentí su pija dura desquiciarme.
No sé escribir sobre sexo y erotismo, me saco de encima las pretensiones de querer decir bien o con belleza.
Quiero contar que me quería morir penetrada por este chabón. Quería sentarme en su cara, comerlo de a partes, que se me ensanchara la lengua para acaparar toda su boca.
Me cogió vestida contra la pared, me insultó y entré en un estado de ceguera y mareo.
Como pude lo llevé a la habitación, me tiró en la cama, nos comimos los labios mientras él murmuraba lo mucho que lo excitaba y que no veía la hora de cogerme.
Nos desvestimos y empezó a tocarme con su mano húmeda de saliva espesa. Me encanta que sea un puerco, asqueroso, me encanta que me llene de su baba tibia, que no tenga rodeos para ensuciarme toda.
Me metió los dedos con un gesto seguro y dominante, me movió por dentro y bajó con su boca para lamerme entera.
Dijo que quería que le acabara en la cara y yo me regalé todita sobre su lengua dura.
Acabé mucho.
Lo tenía en mi cama, chupándome, sin haber mediado palabra, lo tenía encima mío en su forma animal, la única faceta que hoy me interesa de un hombre.
Quedé trastornada y perdida, él me apretó contra su cuerpo desnudo y me besó el cuello y la cara, como conteniéndome y disfrutando los últimos espasmos de mi piel.
Un hombre, un hombre dirigiendo mi placer.
Me subí sobre él y le besé el torso lleno de tinta, escrachado vulgar y aleatoriamente.
Bajé más y empecé a pasarle mis labios como no queriendo iniciar algo que sabía que pronto iba a terminar. Lo acaricié con mi lengua mojada desde abajo hacia la punta, subiendo tan despacio y contundente como era posible. Cuando llegué arriba me lo metí entero en la boca, me lo llevé hasta el fondo de la garganta, tragándolo, presionándolo.
Él me puteaba, me decía que era una hija de puta, que no podía chupársela así, que lo volvía loco. Me preguntaba si me gustaba y con los ojos llenos de lágrimas yo murmuraba que sí. Me la sacaba y le decía que me encantaba chuparle la pija, me la volvía a meter y suspiraba de placer.
Me preguntó si quería que acabara o que me cogiera un rato, le pedí que me garchara.
Se puso un forro y entró con la misma seguridad con la que llegó, se movió encima mío pegándose sobre mi vientre, empujando hacia delante y hacia arriba mientras me miraba. Desde el inicio que nunca dejó de mirarme.
Después de un rato me invitó a que me subiera encima. Me la metí despacio y me dediqué a sentirlo, ondulada yo, con el torso expandido hacia arriba, y él apretando mi culo, cacheteándome, puteándome.
Dijo que no podía creer que tuviera esta boca, que era una puta, que lo iba a hacer acabar. Me incliné hacia adelante, lo besé con la lengua errática de locura erótica y lo twerkié mientras él me pegaba cada vez más fuerte.
Me pidió que lo hiciera acabar, aceleré el ritmo, presioné y lo sentí explotar adentro mío. Lo apreté entre mis brazos y le metí la lengua hasta el fondo de su boca, hasta que no pudo gritar más, hasta interrumpir su respiración.
De a poco fue dejando caer sus brazos a los costados del cuerpo, recuperando el aliento, abriendo los ojos. De a poco empezaba a subir un gesto insoportable de humanidad. Casi sin querer le acaricié el pelo y me despegué renegando de su boca.
Me sonrió, le sonreí y lo que vino después a nadie le importa.
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