Hay una frase que no paro de decirme: "tengo una voz en la espalda que me habla a destiempo". No se oye, no dice nada, es una sensación, una imagen hecha de materia sensible, son afectos enlazados a retazos de recuerdos.
Aparece a veces como una esfera nebulosa en la nuca. Otras, en el medio del esternón.
A ésta última la nombré "tendón tenso", hoy le pondría "intenso", una mezcla de felicidad, plenitud, esperanza, amor.
Vos te debés acordar porque se lo robé a Clarice Lispector una tarde de verano en esa terraza de Almagro, la misma en la que te pedí que atesores los momentos.
Parece que hice caso a mi consejo, que guardé y conservo muchos. Lo sé porque en el último tiempo me asaltan desde adentro, cuando camino al costado de las vías y hace frío y hay poca gente porque es domingo y entonces el sol nos concede a Freud y a mí un gesto reconfortante que se parece a tu abrazo.
O cuando de noche, el humo del cigarrillo forma dibujos a través de las lucecitas azules que me regalaste y a mí me invade los pulmones tu perfume hecho de tabaco y ropa limpia.
Mi cuerpo duele y duela, me invita al duelo, me impulsa a cierto reencuentro, donde me puedo quedar un ratito regodeándome de un placer casi alucinatorio, de nostalgia dulce.
Pero luego salgo y desde ahí me relanza la palabra, muchas veces trunca y extraviada. Me empuja devolviéndome el lugar de mi potencia, el lugar de mi erotismo, el lugar de mi amor.
Quizás el cuerpo artesano es lo que inventé que inventamos juntos porque el lenguaje de la palabra nos quedó corto, me quedó impotente. Es la manera de dar espesor, de moldear, de recuperar y transformar lo perdido en lo que hubo y lo que habrá. Para jugar con la superposición del tiempo maleable, para darle forma y lugar a la actualidad de un pasado que se presentifica en la ausencia. O para simplemente sentir que extraño desde lo más íntimo y decirlo en muchos caracteres.
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