sábado, 3 de octubre de 2020

A Medusa cuando estoy enojada

Cambió su cabello entero por víboras

Para vivir el infierno de mil voces

que susurran paranoia y control.


Solitaria en su afán de cautivar amor

Congela todo a su paso

Cegada ella misma 

Por el resentimiento y la venganza.


¿Sabrá sufrir sin odiar?

¿Sabrá perdonar su vulnerabilidad?

¿Sabrá abrazar sin abrir los ojos?


Sueña sueños de libertad

Acunados en clavos del metal que la habita

Atrapada entre el reproche y la incondicionalidad

Vuela un cielo de fuego a medio arder.


Desnuda ante el reflejo de sus frutos

Recuerda repitiendo lo inerte de su propia semilla

Aún tibia la decepción de nacer

Extranjera de su tierra.


Sapo de otro pozo aunque viva en nidos

Tiemblan sus amores crédulos

A cada carcajada eufórica

De peligrosa felicidad.


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Cenaremos juntas, tragando hostilidad

La que hoy te devuelvo en tinta

Para no matarnos.


Qué difícil ponerse en tus zapatos

Si están llenos de piedras

Las mismas que son tu carga, tu peso

Pobre alma bella

El mundo gira al revés

Aunque vos estés de cabeza.


Dejame poner la otra mejilla

las tuyas están tan coloradas ya...

Dejame servile de espejo a tus miserias

Dejá, yo seco tus lágrimas con las mías

Dejá que me vaya, yo que sí puedo.

sábado, 27 de junio de 2020

El Diablo puede provocar

   Despertar sin remordimientos es tener las expectativas muy altas, amanecer abrazada al sosiego, a esta altura, es una broma sádica que le sacaba un gesto de fastidio sardónico, sobre todo considerando la imagen demacrada que le daba los “malos días” en el espejo. Con los restos de la máscara aún ensuciándole la piel, atravesó la habitación dulcemente iluminada por la luz de la mañana, en búsqueda del cuaderno rojo, no sea cosa que olvidara todo y no pudiera descifrar el mensaje. Lamentablemente, no alcanzó si quiera a revolver la pila de cuadernos abandonados sobre el escritorio, un remolino agrio atravesó su estómago y requería atención urgente. El relato tendría que esperar, tal vez un té digestivo o mejor un buen antiácido para calmar un ardor que le era ajeno. No le es habitual ese tipo de represalia orgánica del día después, pero su cuerpo parecía quejarse en silencio y pasarle las culpas de pervertir semejante creación divina.
Con el vaso medio vacío, retomó la tarea de escribir el inconsciente, esa bestia curiosa la acuna por las noches en cuentos trazados siempre con una sutileza sublime y peligrosa, la sumerge en aguas deliciosas y profundas, las mismas que, al abrir los ojos, castigan la vanidad de perderse en su propio encanto. La anotación fue imprecisa y corta, algo de lluvia, un calor hediondo, luces que cegan y el revés mítico de "sólo puedo provocar". La bestia se le escapaba como arena entre los dedos, otra vez perdía el hilo de Ariadna en un laberinto a oscuras. Oscuridad, anotación y otro sorbo de agua bendita que ya empezaba a barrer tanta mugre nocturna. Si tan sólo pudiera hurgar un poco en la perplejidad, todo tiene ese brillo opaco, típico; pero la luz, el calor, algo de gusto a recuerdo, a conocido de un conocido. En fin, quizás tendría que ahorrarse lidiar con el sentido, perseguir lo que no se está segura de querer encontrar lleva a este pozo inútil que mejor ducha y a otra cosa.
La entrega era el lunes, le agradaba la idea de tener el fin de semana para dedicarse a la edición. El proyecto la atraía, hace un tiempo se había adentrado en el tratamiento en imágenes de los vicios y otros demonios, porque Lilith abrió preguntas que no se pueden ignorar. La sesión de la noche anterior, además de productiva por los resultados estéticos y la representación bien lograda sobre la exploración de todo un infierno moderno, interno pero a la vez distante, había sido una verdadera joda, con los elixires necesarios, con esa clase de música maníaca que tan bien acompaña sus efectos, y los veinte rostros invitados, que perdidos en viajes distintos, seducen con sus muecas de éxtasis.
Entusiasmada por descubrir los resultados, con el alivio ya instalado en el pecho y la taza de café a un costado, rastreó, ansiosa, las fotos en la memoria de la cámara. Para su sorpresa, el contenido no se correspondía del todo con la suya. Juraba haber congelado el movimiento, había buscado una definición rígida de las miradas abismadas, un contraste entre lo concreto de la piel pegada a los huesos y el cosquilleo que le arranca al cuerpo su certeza. Sin embargo, todo se confundía ahora en ráfagas de luz que daban la impresión de un cuerpo desvaneciéndose, difuminadas sus líneas en estelas como llamas, tomado todo por un fuego azul y violeta. El ardor en el estómago volvía a embestir más fuerte que nunca. Desesperada, apagó y volvió a prender la cámara, nada cambiaba, la sesión estaba arruinada, el juego de fiesta nocturna se había quemado. En la primera foto, la danza se había enredado en una figura angelada, en la siguiente la mirada espontánea de una mujer hacia un lado era ahora una suerte de mujer de dos caras, y la última parecía absorber todo en un remolino al más allá.
No entendía nada, en su cabeza aturdida, iniciaba el desfile de las posibles soluciones, pediría una prórroga pero no, la revista salía esa semana, llamaría a algún colega y le cedería la publicación, pero tampoco, eso la haría quedar terriblemente mal, tendría que entregar algún trabajo viejo, inédito y pagar el precio de no compartir su inquietud actual, morfársela y a otra cosa, otra vez.

   El dolor en el abdomen de ninguna manera la dejaría revisar sus antiguos proyectos en paz, parecía como empujarla por dentro en direcciones que no terminaban de decidirse. Así no podía hacer nada, apenas eran las once y el día ya estaba empecinado en vestirse de absurdos, resolvió recostarse un momento y descansar.  Llevó la cámara consigo y la dejó a un costado de la cama mientras prendía un cigarrillo.

   Cada pitada enardecía la idea de estar acercándose a un centro cargado de misticismo, hace un tiempo que a su vida la rodeaba un aura de incógnita cada vez más clara e insoportable. Durante el día las cosas iban bien, no tenía mucho de qué preocuparse, salvo alguna cuenta que olvidó pagar, algún mensaje que no supo responder, pero en general navegaba con la corriente de la cotidianidad a su favor. Las noches, en cambio, se coloreaban de suspenso y ansiedad, la sospecha de que algo podría no andar bien se asomaba en forma de profecía oculta que vaticinaba el descalabro, la inestabilidad y el descontrol. En más de una oportunidad, se dejaba embriagar por el encanto de las horas de la madrugada, naufragaba entre tabaco y alcohol, y terminaba divagando en historias pecaminosas, fantasías de cuerpos castigados y drama. La música y ciertos personajes, que amistosamente le hacían las veces de testigos fascinados por sus invenciones y anécdotas, eran parte esencial de esa tragicomedia desvelada. Algunas veces sentía que otra vez se acercaba el ataque de esa negrura pantanosa donde es fácil entrar pero doloroso salir.
Si tan sólo pudiera poner paños fríos a esa oscilación constante entre la inercia del bienestar y la autodestrucción inevitable, se sentía eligiendo volver insistentemente sobre lo mismo, sin quererlo los ciclos se cumplían reventándole su indecisión en la cara.

   El cigarrillo ya era cenizas cuando sus pensamientos comenzaron a hilvanarse, las ideas aisladas que había barajado durante la mañana de pronto se encontraron en un mismo lugar. Las fotografías y el sueño pasaban a tener algo en común, el espanto. De cierta manera, todo giraba alrededor de la bienvenida a un lugar infernal, había gatillos que disparaban la misma bala, la misma temática, la misma pregunta muda, y su respuesta amordazada por el miedo.
Con la mirada perdida en el devenir de sus especulaciones buscó la cámara, la mano trémula la despertó de su ensoñación, el pulso tembloroso amenazaba con dejarla caer, tuvo que sacar al auxilio su otra mano que sin cuidado soltó el cigarrillo al suelo.
El vidrio negro era una advertencia, pero necesitaba saber, necesitaba darse una respuesta. La pantalla se encendió y esta vez ella ponía toda su observación, todo su minucioso análisis detectivesco en las imágenes como pistas. De a poco, fue descubriendo detalles que no había sabido apreciar, por una lado las luces ahora le generaban una fuerte impresión en la vista, la encandilaban de maneras que no sólo no tenían razón de ser, sino que parecían encenderse con más vehemencia que antes. Aunque los destellos resplandecientes colmaban su atención, vio caer un telón opaco sobre la escena, una leve neblina que confunde, que ahoga, que oprime, era un calor vaporoso, como humo rancio. Sin embargo, ni las luces, ni la cortina blanquecina. Era una oscuridad que no se limitaba a la ausencia de luz, la que envolvió vilmente el ambiente en tinieblas. Todo tan vívido que le dio náuseas.
Una quinta escena fue la que desató la arcada, desde las sombras vio emerger un hombre que le sonreía, a su alrededor el mar de gente se abría, estaba solo, esperando en la distancia, no lo recordaba pero sabía que lo conocía, no era un invitado más, ni el amigo de un amigo. A pesar del ruido en la imagen, como una lluvia que desdibujaba sus rasgos, sus ojos rojos, que no se explicaban por razones fotográficas, atrajeron su mirada y no podía dejar de verlo, era una compulsión insoportable. Esos ojos rojos, esas luces como fuego, esa mueca de cínica compasión... La abstracción los enfrentaba. De golpe el sueño, las fotos, las noches de desvelo coincidieron en esa cara de templanza horrorosa que ya la había visitado a la hora infame, en esos labios de mensajero diabólico que ahora reconocía en una voz que la acosaba. El mensaje parecía por fin descifrase en las comisuras de esa boca: "no te deseo... Sólo puedo provocar”.

  Se preguntó si era posible vomitar remordimiento.

jueves, 14 de mayo de 2020

Introducción al Enigma: Así que el Diablo.

A pesar de la lluvia, a ella nada la mojaba, una cortina turbia le molestaba en la vista y sentía el chasquido de las gotas contra el cemento, sin embargo nada tocaba su piel. Andaba sin rumbo, atenta a su intuición, empujada por la explosiva sensación de que esa noche sí, esa noche por fin lo encontraría. Era de madrugada pero ya casi amanecía, aguardaba una coordenada, una pista en la ciudad vacía que la llevara al encuentro. Le preocupaba estar sola cuando el sol despertara, tenía el presentimiento de que algo suyo e insoportable se revelaría y no era buena la ausencia de testigos.

 

La guiaban lugares conocidos, plazas desiertas con algún borracho dormido en el regurgitar vaporoso de su trasnoche habitual, de vez en cuando algún auto negro o rojo le daba el susto de la esperanza en el estómago.

Los pasos se hacían ligeros a medida que avanzaba al sur, empezaba a sentir la certeza de que faltaba poco porque el silencio cesaba y creía oir algo de música muda y opaca.

El sonido se iba aclarando con cada metro ganado, aunque también lo hacía el cielo, y entonces de pronto la certeza se bañaba de miedo, pero no importaba, nada podía ser peor que la incertidumbre a la hora de la soledad.

No supo bien cómo el pie izquierdo tomó el mando y la hizo doblar hacia el río, era esa autonomía del sueño, la impulsividad incontrolable del inconsciente que marcaba el camino.

La música ahora se oía densa e inapelable, signo de cercanía, de llegada inminente al puerto Fatalidad.

 

No ameritan los rodeos cuando se trata de la verdad, avanzó y a unos metros vió el destello incesante de luces y colores que se entremezclaban en un duelo algo erótico y agresivo. Llegaba tarde, y a esa hora nada es gratis. Al siguiente parpadeo, la encontraron de frente violentándole de lleno la mirada, todo se confundía en estelas, se difuminaban los límites y corazón del clima palpitaba al ritmo de un en el fulgor frenético, un asco de cuerpos. Siguió de cerca el espectáculo lisérgico y sin notarlo se dejó absorber por un pasillo agusanado que se estiraba a cada paso en la viscosidad de sus paredes. El movimiento parecía disfrazarse de cadencia vieja, de vibración y delay. Lo interminable del pasillo no dejaba ver el final, el tiempo se empecinaba en saberse imparcial, como si la realidad toda estuviera en su contra. Sin embargo, la máquina seguía funcionando y la salida se teñía de  colores y abismo.

Sus piernas comenzaron a temblar cuando en el fondo vió la reunión, y un gusto a metal atacó bruscamente su boca.

No necesitaba seguir para saber que el paisaje era claro a pesar de la oscuridad, la música le aturdía los oídos, apenas escuchaba sus pensamientos que a esta altura no variaban demasiado, más bien se hilaban al compás del ritmo persistente de una única canción. El ambiente se espesaba por el vapor de los cuerpos y el humo le sofocaba los pulmones, había algo como azufre en el aire.

Una vez dentro, el resplandor se tornó fuego y neón, paradoja de temperaturas frías y ardientes. Todo confluía en una única escena, la de los sátiros ciegos, ahí estaban ellos. Todos sus amantes perdidos en fiestas distintas pero sin ella,  la indiferencia le partió en dos la cabeza. Angustiada, recorrió el invernadero de lenguas afónicas, otra vez la danza oleosa que no se detiene y en la que ella no tenía lugar... sabía bien por qué.

Como si hubiera estado siempre formando parte de la pintura, el maestro de ceremonia más infame hizo su entrada orquestando la secuencia desde su trono invisible, la había estado esperando y se contentó al verla llegar.

El diálogo era inevitable, flotaban en su mente las frases que debía decir porque estaba ahí para eso, pero la voz se escondió y de su garganta se apoderó un nudo negro que le apretaba el cuello hasta estallar en desesperación. Sabía lo que él quería, esa porquería inmunda, su núcleo roto, su más ajena intimidad. "Sé lo que me vas a ofrecer, créeme que no me cuesta nada darte el alma, pero ¿A quién le interesa una hecha pedazos?". El diablo le sonrió como comprendiendo, como estirando una mano compasiva en un gesto que lo volvía cálido y encantador, en sus ojos había paz y las historias que cuentan su malicia no le hacían justicia a su amabilidad. ¿Cómo no mirarlo con deseo si su prestigio de perversidad se deshacía en las comisuras de sus labios? Nada de colas y cuernos, tampoco palabras para este Satán hecho de hombre en plenitud. Ninguna oferta, ningún contrato, esperaba calmo como si todo hubiera estado escrito para él.

 

Ella avanzó decidida, su piel empezaba a quemar cuanto más la fascinaba su proximidad, la tensión subía lentamente por sus músculos tiesos, toda una parálisis en movimiento y el llamado en el pecho al alivio de su boca. De a poco volvía el silencio, todo estaba en pausa y el debate en su interior duró poco. ¡Al fin de frente a su historia, al fin la confesión tocaba la puerta!

 

Un último parpadeo la empujó al encuentro, trastabilló el último paso, un mareo le confundió el peso y la llevó a desvanecerse en los brazos infernalmente abiertos. El cuerpo se le desprendía y ahora era suyo, su segunda piel. Sintió la más dulce de las armonías, su respiración entibiándole el cuello, y sus manos acariciándole el pelo.

Ya no había tiempo, el sol daba los buenos días pero la fiesta estaba lejos de haber terminado.

Casi como una epifanía, supo que la verdad estaba a su cargo, fundida en un abrazo con el mismísimo infierno, escuchó su destino cumplirse: “no te deseo”.

domingo, 10 de mayo de 2020

Niña azul y oro

¿Se acordará papá de esa vez que lo desperté a las seis de la mañana porque no teníamos cable en casa y había que ver el partido en lo de algún amigo? Seguro se acuerda que tenía mucho sueño, que no había podido dormir en toda la noche porque algo me golpeaba la panza, desde adentro, como una alegría muda, como un futuro que ya estaba ahí, en mi almohada llena de sueños.
No tengo una memoria lúcida sobre mi niñez, los recuerdos son pocos y aparecen como flashbacks incompletos, como ensoñaciones distantes, pero sobre esa mañana puedo decir hasta lo que tenía puesto. 
Me acuerdo entrar en la casa de Roby, claro que en puntitas de pie porque la familia vestía otros colores y dormía tan profundamente como casi la mitad del país. La otra mitad éramos nosotros, la casa en penumbras y algunas extrañas luces tenues me daban la bienvenida al preámbulo de la historia, eran velas con imágenes de santos que a mis ocho años no conocía pero en quienes confiaba como si fueran el Ratón Pérez o Papá Noel. Mitigamos la ansiedad con algunas facturas todavía tibias, mate y té con leche para mí, todavía me faltaban unos años para apreciar los sabores fuertes. Cuando me di cuenta, ya estábamos todos tensos otra vez, el desayuno daba vueltas en mi estómago hasta la náusea.
Me persigné con el pitido del silbato y boom, algo se cayó dentro mío. Lo que estaba pasando era más grande que 22 tipos pateando una pelota, excedía los colores, el barrio y el club. Era mi historia la que se estaba escribiendo y esa final, la tinta con la que dibujaba a mi familia reunida y a mí en ella. La mismísima inocencia en unas manos transpiradas, en uñas mordidas, en el vibrar insoportable de una pierna, porque el fútbol era eso, inocencia. Un juego que nos pertenecía a todos por igual, como el cumpleaños de una familia entera, como la navidad más colorida, como vacaciones en pleno enero.
El partido fue eterno, una montaña rusa de emociones incoherentes, alguna risa nerviosa, cuernitos salvadores y súbitos saltos de la silla cuando nos acercábamos como un batallón al arco rival. De los goles no puedo decir nada, no recuerdo ni quienes los hicieron, ni cómo fueron, sólo sé que me puse a llorar en ambos dos, debe ser que la intensidad desbordó la posibilidad de guardar el momento. Y entonces, de repente, tablas, contundente empate y un suspiro.
Ahora a rezar, porque en esa época era una digna hija del catolicismo, a rezarle al San Benito de vela y borde de chapa y a prometerle a Dios, que seguro estaba mucho más ocupado que yo resolviendo el hambre de un mundo que desconocía, lo que quisiera, rosarios, velitas, ser una niña buena.
Penales y de nuevo algo se soltaba adentro mío, como si el corazón no quisiera ver y se dejara caer desconsolado a sufrir su destino.
Lo veo al Pato acercarse al arco, no sé por qué pero siempre me resultó parecido a mi papá, así que le tenía un cariño especial y también esa suerte de fe ciega y edípica que lo volvía un héroe. Todo listo para el primer penal, el Pato se lo parla a Pirlo, de mí nace una energía que me recorre el cuerpo y se condensa en mis manos de cuernos rígidos y apuntados al rival, convencida de mis poderes me susurro en la cabeza "lo ataja", el aire se cortaba con cuchillo y ni el árbitro estaba seguro de pitar, pero lo hace, bocanada de aire profundo y pii... la pelota recorre el aire, el tiempo se vuelve lejano... X. 
Diagnóstico? Disfonía. Ahora Schiavi, gigante de patas largas, noble pero duro. No estoy segura pero probablemente abracé a mi viejo para no ver nuestros penales, pura cábala. Gol, y a cada minuto se volvía más evidente que yo era bruja, no es fácil explicar el devenir de la vida, a veces milagros, otras maldiciones o, en este caso, magia, la mía.
El devenir fue agotador, contracciones y escasa relajación del cuerpo, alerta, transpiración fría, gritos de todos los colores pero siempre azul y oro. Gol de Costa, silencio.
Battaglia no, no Battaglia... Pero algo tenía que fallarle al jugador con más títulos en Boca, cinco emblemático y bonachón, además seguro muchas personas en Italia habían juntado todo su ki a la vez nublándole la vista y haciéndole anunciar el lanzamiento. Dida, iluminado, había recibido el mensaje como una epifanía, adivinando el palo al que iría la pelota. Nuestra respuesta no sé hizo esperar porque así es esto, no te da respiro. Pronto contraataque al estilo Mostaza Merlo, cábalas enfurecidas y Seedorf le termina pidiendo a la vecina que le devuelva el fulbo.
A esta altura de la definición, el canto de la hinchada me hacía pensar que si yo era Donnet, o me desmayaba o mi pierna se volvía un misil... al parecer él habrá sentido igual porque la pierna no voló por los aires de milagro y el arquero tuvo suerte de ni verla. Lo chistoso es que en mi ingenuidad los jugadores no fallaban si el arquero atajaba, y en ese momento cuando el Pato le ataja a Costacurta realmente pensé que era un Dios de los tres postes, ahora veo cómo lo pateó y me da algo de bronca tanto entendimiento, tanta obviedad y sentido adulto.

Lo que sigue es de lo más extraño que me pasó en la vida. La alegría es inconmensurable y golpea fuerte la necesidad de agradecerle a alguien por la felicidad de mi viejo, de Roby, y del vecino que prendía bengalas y cantaba como loco. Ahí estaba, lo ví sobre la mesa, aún radiante, entre lágrimas le agradecí a lo único que podía en ese momento de euforia y emoción, le di un beso al San Benito de vela y borde de chapa... Sí, no se entendía por qué lloraba, éxtasis bostero o porque mi boca era un infierno. No importó, el dolor sellaba el recuerdo de la felicidad misma, y hoy veo a esos niños en la foto con la misma ilusión y magia que yo viví ese y cada momento teñido de esos colores. Boca no es sólo Boca para mí, es mi familia, es la comunión con personas con las que comparto esa pasión y también con las que no, porque en mi vida el juego une aún en la mayor rivalidad, eso lo sigo viendo con los ojos de mi infancia y ojalá lo que se vivió en esta foto esté teñido de algo similar y que los recuerdos hoy unan lo que en el presente está algo distanciado. Las fotos son otra forma de acortar distancias, de revivir o experimentar escenas, contar historias y compartirlas con nuestros afectos, esta es un pedacito de la mía.






miércoles, 8 de abril de 2020

Dulce de Resto


No hay caso, la basura siempre la tengo que sacar yo y te juro que ya me exiliaría con ella. Mirá, mirá ahí, mirá cómo resbala el dulce de leche vencido por el borde de la bolsa, mirá cómo lo acompañan un poco de yerba y el pan rayado de anoche. ¿A vos te parece? Semejante espectáculo de texturas y no se le ocurre hacerse cargo. Desde acá te huelo el huevo podrido y los ravioles que Carmen me trajo hace como diez días y que apenas pude probar porque, no sé qué es lo que me pasa, pero ando un poco inapetente. De cualquier manera, me alegra que ya estén en el tacho, y a la vez me fastidia que sigan ahí. No importa lo que haga, la basura siempre en el mismo lugar, interrumpiéndome la vida con sus testigos amantes que zumban mis lecturas y los hedores inapelables que me recuerdan su existencia desde los rincones más lejanos en los que yo esté.
Juro que entiendo que no le moleste, si apenas está en casa, si llega y se va como un fantasma. Tiene una sensibilidad distinta y no sentimos igual, pero después de todo lo que pasamos podría hacerlo por mí, cuidar un poco la casa, hacer de cuenta que le importa porque ya no se puede vivir más así, yo no puedo más así.
No sé hace cuánto que venimos con esto, que me despierto con el recordatorio intacto de su negligencia en una cáscara de banana al costado de la cama, que me siento a escuchar música sobre las cenizas de sus cigarros tapizando el sillón. Me seco las lágrimas con los pañuelos usados y duros que voy encontrando en estantes hechos de polvo, mientras paseo pateando las latas de su vicio. 
Ya la mierda se aferra a mis tobillos.
Te juro que ya ni siquiera es su falta de compromiso, lo que me vuelve como la brisa putrefacta que dejó esparcir. Es otra cosa y decime vos, ¿cómo se lo tengo que pedir, le tengo que rogar? Lo haría, pero no me ve, no ve que no me quedan fuerzas para ponerme al hombro las bolsas de nuestros restos, ni para limpiar sus obras de suciedad y olvido. Me violenta cómo se desprende tan fácil de eso que llamamos desechos, los va dejando caer con una despreocupación envidiable, se desviste de mierda y no importa porque igual se ve tan bien. En cambio yo me baño una, dos, cien veces al día para tapar el perfume de su descuido y no hay manera, es como revolcarme en lodo, se me adhiere la grasa, los pelos y las uñas en mi piel. Me acuesto en la cama y se me pegan los residuos de un "te amo" podrido, también los besos de aliento a muerte, su sexo de saliva seca, las sábanas de fragancia fuerte. Busco consuelo en el estar y sobre la mesa ratona, el vino que tomó la última vez, algún preservativo usado en el sillón, los cartuchos de tinta en la alfombra y los libros manchados de mate. Me repliego en la cocina y me atacan los envoltorios de los chocolates que solía comprar, su comida favorita en el mantel, el delantal con un abrazo por la espalda y su costumbre insoportable de pedirme que saque la basura.

Paréntesis Nocturno


La sombra danza hasta mí
Testigo mudo de la noche
El desvelo está a su cargo
Me ahogo en humo y reproches

Desvanezco entre silencios
Cuerpo de acero entre mis sábanas
Ahora escribo en el encierro
Pero no me alejo en la distancia

Mi piel es flor de un solo día
Mi piel es cuero de serpiente
Despierto en cada muerte
Duermo un poco en cada vida



Paréntesis


La noche se abre
Su voz me alcanza
El filo me roza
Hasta la tela romper

Supuse la sed
Que su boca convidaba
Y me perdí en él
Hasta alcanzarte.

Me recordás
Como ácido en tu piel
Me dibujás
Distante, esfumándome

Hoy nos desconocemos
Beso la espina que me toca
Esperar es distraernos
De un deseo que no moja


Correspondencia Interna


Deconstruir el amor.
Yo no entiendo más nada. No sé si amo mal, si me malamaron, si las decepciones de hacerme pis en la cama y no haber encontrado a nadie me dejaron el sabor de que amar es estar, incondicional, para el otro, perdiendo toda mismisdad, atentando contra todo lo que empuje desde mi diafragma. Hay tantas maneras de encarar esta distracción mundana que no sé por dónde empezar.
Siempre amé de cara a la fusión, de cara a llenarme hasta reventar, de trompa a besar las suelas de la seguridad, del sentido, de la eternidad. El problema es que uno no puede dejar de ser lo que sea que sea, de querer lo que quiere y eso empieza a picar, a dar señales de las más variadas, invitando al amor a cambiar, a ser menos uno y más compartir la existencia, menos deuda, más libertad. Pero se pierde siempre, ¿cómo puedo entender al amor por fuera del contrato? Por más libertad, por más incertidumbre placentera, el amor tiene detrás siempre algo de demanda, su mecanismo de supervivencia es establecer, no sé qué, pero algo que legisle, algún límite que encuentro en mí o en el otro. Yo no sé amar sin violentar, porque el otro, cuando es otro, me deja caer. Porque su partida, su ausencia, su falta de tiempo se traduce en desinterés, como si en mí el amor fuera una ecuación que siempre tiene que dar resultado, prueba, demostración. Pero si así no es, ¿cómo sé que el otro me ama? Y me voy perdiendo, distrayendo entre mi metafísica histérica, quizás el problema es que yo no me siento amada, que el otro no me va buscar si yo no lo busco, si yo no dejo de hacer para sostener. 
¿Por qué el amor me rompe toda al punto de necesitar un seguro de vida? El amor es una maniobra que me hago para no ser y hacer. Por eso no hay libertad que venga del otro que a mí me alcance, porque vuelvo solita pidiendo depender. 
No sé por dónde salir del agujero, ¿Tengo que dejar de ver al amor como algo que se sostiene en pruebas? ¿Y entonces cómo sé? ¿el amor es algo que se sabe? ¿Es ya la mera consideración de ver y besar y compartir algunos momentos la traducción del afecto? ¿Por qué el amor tiene ese gusto de realización? ¿Por qué amar opaca y corre todo el resto? Es bueno saber que este recorrido cada vez dura menos, del enamoramiento motor al amor demanda y angustia en sólo dos meses, es un mini test, un curso intensivo de lo que hago sin saber que lo hago. Condición hay, sino no dura. Y otra vez el amor mercantil, el amor poder, el amor paja.
¿Cómo dejar todo al devenir, ni siquiera a la espera de la coincidencia? ¿En serio, coincidencia? ¡¿El amor coincidencia?! Al estilo: "bueno, te amo cuando el destino nos cruce". No, yo quiero verte porque me gustaría pasar el rato con vos, compartir aunque sea este paisaje, yo quiero verte y me surge bastante seguido, entonces si a vos no, ¿no te pasa lo mismo? ¿Cuánto posponer se puede no entender como desinterés, desamor? Evidentemente, no me sirve tanta latencia, tampoco es urgencia pero el amor pide alguna vez priorizarme. Y ya estoy pidiendo un poco de exclusividad, ya estoy pidiendo lo que no te nace, ya te estoy violentando otra vez. Entonces, no tiene sentido tirar de la soga. El tema es rebatir la sensación de espera, pausar las ganas, encontrarme en otros espacios, que los tengo y los disfruto pero se marchitan un poco cuando surgen las ganas de verte. 



Contenido Sensible I


Creíste que el dolor me desarmaba
Te privaste de encararme y vomitarme de palabras
Te inventaste que era yo la que flaqueaba
No te creas, no me duele, apenas me pica

Sos simpático mintiendo sensatez y
Ridículo excusándote de culpas
Qué quería yo más que el ardor de tu fantasía
Pero era eso, solamente, jamás te creería

Miseria, neurosis, tu nombre y apellido
Sólo un cuento sin remate
Un cariño sin testigos
Te desvestiste pero yo ya me había ido
Te consolas con tu silencio de camino al olvido

No prometo que me encuentres
No confío en tu mirada
No me interesa escucharte
Divagar entre argumentos

Quédate en el recuerdo de un balcón al desnudo
La carne, la piel y los versos duros
Si con vos me empoderaba, ahora te encandilo
Sos tu estafa, tu promesa, un puro incípido

Yo tan pero tan fría

Me encantaba bordearte las costuras
Y tus manos incesantes rodeando mi cintura
Te quería, lo sabía y yo podía
Era mucho más que una simple alegoría

Te invité a mi mundo sin tapujos
Y me vendiste que yo entraba en el tuyo
Y ahora ves la luz de tu ignorancia
Yo te veo, imbécil, cayendo en tu arrogancia

Te parece que no es justo, te creés un libro abierto
Te engañás sin preverlo y me usás como tu espejo

Qué cobarde, tu amargura me enfría
Tu desplante venía por dónde yo creía

Te creés justo en tu moral de pensar en el resto
No te das cuenta que evitás verte de lleno?
No podés, no sabés, no entendés
Ante el deseo retrocedés.



Correspondencia Oceánica


Con lo poco que dormí anoche, aún tengo los ojos abiertos para no perderme ni tu ausencia, ni los detalles de esta decisión. La ironía literaria hoy me encuentra sentada en el medio, viendo una película obvia donde se divide por dos. Qué es todo este gran suspiro solitario a deshoras? Será que Piero me vio llorar y entonces me pregunta por qué no he podido dormir en toda la noche, si necesito agua, o un poco más de vino. ¿Cómo le explico que me subí a este tren sin saber por qué, y que además, ya empiezo a tener un prontuario al respecto? Viajes sin sentido. Nunca estoy donde quiero estar, porque me subo a vagones que no son, giro hacia el lado contrario, me retiro casi en un gesto coherente y fundamentado.
Me distraje tanto tiempo en narraciones dramáticas, romantizando demoras entre pieles que no se bastan, que no se alcanzan, que no van más allá del celofán que parece cubrirlas.
Nostalgia y despecho danzan dentro mío sin más conclusiones que este enojo despiadado contra mí misma. Veo mi reflejo en la ventana apenas empañada por la humedad de mis suspiros y me encuentro gris, demorada en un movimiento estéril, en decisiones que son huída y aire envenenado.
Piero otra vez, "si querés podés venir al vagón de auxiliares, no se puede fumar pero se puede fumar".

Interludio


"Ayudame a no tener miedo a lastimarme", dijiste. Y como flotando en el aire, se instalaba una coma en el metasentido de tu frase, "ayúdame a no tener miedo, a lastimarme". Es que debo ser el paracaídas en tu salto, la mirada, la presencia que habilita tu descaro, la cuota de masoquismo necesario para que recuerdes que habitás un cuerpo que a veces parece no ser tuyo. Pasa que cuando estás besando la lona, levantás un poco los ojos, y me pedís la patada final que no quiero darte. Te extraviaste una vez más, buscabas un pasaje, la llave de la puerta de tu deseo, y elegiste la salida rápida y conocida de la insatisfacción. Porque el amor es lo que te asusta, y lastimarse es siempre esa fantasía avasallante que vos hacés himno y abismo. Tenés un poco de razón en sentir que te roban algo, es cierto el vértigo que emerge cuando alguien instala un pedacito de sí en el lugarcito en que necesariamente algo nos falta para que nos podamos buscar, errantes. Pero no es más que un instante, sólo una pequeña porción que vos confundís con tu todo tu ser y ahí, puf, caés. Y el miedo te rodea las costillas, te va asfixiando desde adentro, contamina tu respiración, y amaga a aplastarte el corazón tan rápido como a vos se te pase mi nombre por la cabeza.
Qué tontería, yo te veo tan cerca, a punto de sacarte el antifaz que no te deja ver que no hay salvavidas, que ni yo, ni nadie te da ni te quita libertad. Bobalina, no puedo prometerte nada más que este par de manos que ahora te secan las lágrimas que malgastás en esto que no tiene solución, y que entonces no es un problema. ¿Entendés que te quiero en esta cadencia de puchos sentidos y correspondencia moderna? No me pidás ordenar mis prioridades porque perdemos todes, sabés que no las tengo, que yo no me hundo como vos pero que tampoco floto, soy un poco miserable y me paseo en una ruta que parece romántica y pasional pero que al final encuentra el balance en la soledad más amarga, en el miedo cobarde que me atraganta al desvestir un te quiero. Por eso vos también quédate cerca, sin darte cuenta no me dejás a mi tampoco engañarme en mis ficciones de sábanas y sal.
Se trata de amar y sus filos, sus filosofías. Vos te hacés las preguntas del imposible, yo persigo un señuelo de horizontes verdes, en el medio del camino se bifurcan los senderos, no es necesario seguir, ni elegir, recostémonos por un tiempo.

Correspondencia Nacional


Mándame a la cama. ¿No ves que no encuentro consuelo en las palabras que alguna vez tan bien supieron adornar mis días con naranjas dulces y sillones aterciopelados? Es sobre el colchón que tantas veces secó mis lágrimas que tal vez pueda tu nombre silenciar con la esperanza cínica de que las imágenes se desvanezcan con el rocío de la mañana. Pero ni abrazada a todas mis almohadas, ni contenida por mis pesadas sábanas podría evitar el agujero, la gota negra esparciéndose en mi pecho, y esa suerte de alivio y golpe mortal cuando despierte del sueño en el que mi alma te dibuja, en el que mi mente me condena.

La libertad es esa triquiñuela que se inventó para que corramos detrás de la zanahoria, para adormilarnos en la lucha contra un amo que no existe pero al que nunca se puede vencer. La libertad es una piedra que es nuestro pie, que es nuestra piel. Es la vorágine esperada del éxtasis supremo, es la ilusión de soltar la mano y caer en mares paradisíacos, cálidos y calmos. Pero está a la vista, nos pica en la nariz que luchar es pedir permiso, que hacer la nuestra es estar más pendiente que nunca, que oler con desesperación las cadenas rotas es crear esas cadenas. La lucha es conmigo, a cada segundo en que mi mente exhala la lava pestilente de mi histeria, me pierdo entera con un solo juego dialéctico, me apuesto todo este cacho que soy al rojo y al negro, y pierdo por indecisión, por desconocer que tus manos son las de cualquiera, que tu cariño es creencia o estruendo.

Correspondencia Internacional


Otra vez caída de una estrella muerta hace tiempo. Pienso que estuve colgada de una ilusión para salvarlo todo. El vacío en el que voy deslizándome me estruja el pecho y me deja deshecha al lado de nuestra tumba. 
Si estoy oscureciendo el relato no me lo digas, es para un destinatario que sabrá entender los malos hábitos del amor. Yo te espero como en el sueño en que te busco y no te encuentro, en el despertar de la daga más profunda.

No hay vicio que esta noche opaque el brillo de tus besos, no hay persona, ni canción. Sos el alma de la fiesta aunque sólo reine tu ausencia.
Te invito a una velada en soledad, cada uno en su hemisferio, te pienso descansando en un suspiro pesado, entre balbuceos sonámbulos que me piden sin quererlo. Yo sentada en la cotidianidad nocturna, entre amistades de veredas opuestas, entre conversaciones que sin sabor intento atrapar. Te extraño en la nostalgia de todo lo que supo ser el cariño de tus miradas, sentirme viva en tu cuerpo y  creerte eterno en mi pecho. Te extraño en el odio de creerme oprimida en un amor que busca esconder la soledad aniquilante. 
Torpes, somos flamencos sin alas, la belleza machacada en el polvo de nuestra neurosis. La cobardía nos caracteriza en el fondo de nuestra valentía siempre escueta. Escaparnos, la solución acompañada de besos ajenos, de viajes urgentes, de ilusiones como espasmos en el cuerpo.
Te amo, sos la ternura de mis días, la miel de mis sábanas, el perfume del afecto. Levantar los ojos del papel no admite más que tu silueta oscilando alrededor, tu voz llegándome con el eco de los recuerdos.
Se trata de contener el aliento en la llamada que todavía no suena.


Antes del Postludio


Quiere que no termine nunca, bajarse jamás, que la gente no se vaya, que el éxtasis del momento sea eterno. Ve el mar de rostros entusiasmados, lo observan, lo escuchan pero sabe que debe haber un cierre, que luego vendrán quizás los aplausos y futuras invitaciones. Pero aún así, no se contiene, lo muerde la idea de que concluir tiene un poco de gusto a muerte, que mantener la performance andando en círculos da algo de vida, por más dramática que sea, pica, pincha, duele, agota pero es.
Es un tipo que disfruta el viriviri, contonearse en la Sarasa y quedarse un poco más. Suele escribir y la última línea se le dificulta, a veces se detiene en el último beso, el más cruel y rememora, cuando escucha la canción final se angustia. Dilata eso que suele hacerse en cinco minutos, se viste de Napoleón y afronta el despertar de un sueño todos los días. Se cansa de ver el sol caer, y piensa que la noche debería ser inacabable. Se desespera por no poder escapar al devenir de las horas, le gustaría inventar otro tiempo en el que los minutos no corran, pero se acuerda que al fin y al cabo el tiempo no se detiene nunca, y se lamenta de que tarde o temprano él dejará de contarlo. Se obsesiona con parar, ser inmortal pero sabe que no puede,  su cuerpo sigue en movimiento, y cada tanto una voz y los ecos de lo que alguna vez dijo le recuerdan que fue distinto, imágenes incesantes confunden su historia.
Suele inquietarle una compañía, aún siente su fantasma enfriándole el cuerpo. Le vuelven los besos, las caricias, la empieza a desvistir y no logra entender si es un sólo un recuerdo. No puede dejar de sentirla, no puede. Ahora la oye hundiéndose en un suspiro y luego otro, él se preocupa, suena la primera alarma que anticipa un final, "ahora no, no nunca". Se abraza a ella, tal vez demasiado. Pero ella en cambio se queja, se endurece, lo pellizca, lo mira fijamente. Pero ella en cambio se queja.
"Quédate así siempre", piensa mientras la ve entre penumbras que desconciertan. Escucha un gemido, otro más, segunda alarma y él llora, "se va a acabar". Busca retenerla, la aprieta, un montón, le sostiene el cuello, goza aplastarla con todo su peso.
Un grito, dos, y tres, no hay más alarmas.
Siente que no terminó nunca, se desvanece esa presencia y desde la oscuridad emergen ahora los aplausos, algunos papeles y mañana otra vez a las ocho.

Preludio


Como una cuerda que vibra desenfrenada por el roce de tus dedos, como el cigarrillo que se quema por tu incesante y caprichosa manera de acercar los labios a él... Me dejo consumir, me permito abandonarme al sonido de tus notas y de tus gotas merodeando sobre mi piel. Es cuando más creo en vos y en todo tu dogma del dejar fluir. Es un fingimiento placentero, como si se pudiera antes o después de envolverte entre mis piernas con mi serpenteo, pensar en nada. Es por eso que me intrigan los silencios ligeramente largos, el gesto de pasar la mano por la frente y los suspiros que se escapan denunciando las palabras que no se dicen porque no se encuentran. Sí se encuentran nuestros cuerpos, el mío temblando, el tuyo conmigo y del otro lado. Parece un recuerdo siempre lejano, como los restos de un sueño que al despertar, se revelan violentamente cerca de la almohada aún tibia, y que uno, con tanto esfuerzo y torpemente, intenta recuperar.
Te veo a través de una neblina apenas perceptible, sos la foto recortada por estos ojos analógicos y tu luz ahora decanta, porosa, en las apariciones incipientes de tu voz susurrándome al oído. Te resistí de lejos, escondida en otros brazos, es mi lamento ahora y siempre ser infiel con la mirada. Te resistí, sí, y ahora me vas quemando a golpes de manos frías y mimos como navajas en mi cuello.

Pero ay... me temo que sos de corazón promiscuo, lo dividís en dos, en tres. Desconectás las partes entre sí, y ya comienzan a reírse una de la otra, dementes, son incoherentes, se repelen, amagan a unirse, y al final, sólo danzan frenéticamente dando gritos de libertad que se deshacen en prisiones histéricas. Qué difícil despegarse de tu propio personaje, sos tu estafa, tu extraño en el espejo, lo que reconocés desconociéndote. Y a pesar de mi escepticismo, a veces algo empuja dentro mío, algo ciego, mi parte más crédula, mi inocencia mentida, aparece como una epifanía admitiendo sentir que me lo prestás casi entero, y qué dulce es creer que lo tengo por un rato, apretado contra mi cuerpo, como si pudiera manejar a mi antojo su destino, como si las catástrofes fueran predecibles, como si la historia estuviera escrita de una vez y para siempre. Me muestro tan segura de saber qué es lo que sos, y en el fondo soy una idiota.
Vos no lo sabés, pero incluso en este tren, el paisaje se confunde a través de la ventana y veo correr en cámara lenta mi película de engaños y disfraces. Es patético, me descubro haciendo un viaje con sabor a pesadilla recurrente, planificando ese horizonte siempre insoportable, oscuro, retorcido, esa tentación imbécil de mentirme e inventarme que podría dejarlo caer. Ja... Dejarlo caer... como si vos no lo tuvieras soldado a tu pecho. Tu corazón ludópata arriesga pagar un precio demasiado alto por un placer tan azaroso y efímero, pero ¿Qué sabores tendría la vida sin el sutil y perverso gusto por la muerte? ¿O será mi gusto por lamerte?
Después de todo me veo a mí lasciva, desvergonzada, al pié del cañón esperando ansiosa el estruendo final. Te busco convencida, develo tu estrategia sigilosa que va picándome el alma y me compele a rasguñarme en un éxtasis que goza y sangra. Sos un intruso, vas abriéndote camino en mi día, ganás terreno en todos mis sentidos, me atacás, tengo sed de vos, empiezo a anhelar tu piel que castiga la mía haciéndola tuya.

Me encuentro empapada y recelosa de recuerdos que no existen, como un limbo en el que caigo aunque me estruje las uñas en la pendiente, cada piedra tiene tu nombre grabado, es un reflejo ardiente, tan sólo una mirada, el corte de un cuchillo en la sien, el escalofrío que cala hondo y quema fuerte. El abismo me embriaga de tu rivalidad con vos mismo, siento el peso de mi cuerpo languidecer. Cada vez más denso, algo me llama desde ese otro lado, algo me pone de rodillas y me arrastra a mirar de lleno el infierno que se agrieta en espejismos de carne y besos secos, tan fácil saltar, tan insensato quedarse.
Es que esta neurosis eclosionada de par en par, la nuestra, nos encandila con destellos de encuentros y desencuentros. Vos sabés que se trata de hacerte creer que conozco dónde se esconde tu verdad, la imagino agazapada debajo de un puente que flaquea, refugiada bajo la ciudad Hiel. Busca camuflarse en la inhóspita noche, va revolcándose con víboras mientras le pasa una lengua pesada al suelo, y termina transformándose en estatuas de sal, sucias y húmedas. Quizás amanezcas con los ojos apuñalando esos monumentos al dictador de tus mentiras y descubras que han helado tus arterias azul invierno, que ya no te sirven de abrigo en la intemperie de la angustia, que tal vez tengas que pulirlas y adornarlas con las preguntas que tanto me gusta hacerte.
Pero en lugar de limpiarte la mente, instalaste un ring para varios en el estar de mis intenciones. Mis palabras se vuelven ahora remolinos en mi boca, porque tu forma de pedírmelo dejó el sabor de la indignación, nos dejamos sin vicios esta noche. Es otra cosa la que ahora se filtra entre mis dedos, es haber sabido que no lo tenía, que la ilusión fue más pesada que tus ansias de sostenerla. No ves cómo vos mismo tendés tu trampa, me mirás y me juzgás en la amargura de saberte cobarde. Qué difícil para mí no golpearme un poco el pecho y dejar caer alguna lágrima de pena. Esto sí es nostalgia, no puede ser despecho, no te culpo de no poder sortear tus vericuetos. Pero no te/me/nos mientas, es ahora cuando no hay verdaderamente más nada que pensar, te dejaste ver de lleno el corazón cuando al rozarte el pelo me recordaste que así empezó todo. Te estabas despidiendo y esta vez no puedo pasar los ojos inocentemente por la escena y entregarme a recuerdos efímeros. Habrá que hacer menos intenso el letargo infinito de verme otra vez sola, plantada ante el altar de la aventura. Siempre fue así, cada uno en una fiesta distinta, qué impulsividad la tuya, irresponsable y caliente. Es fácil no pensar cuando comanda el cuerpo pero la corriente se frena contra el dique del afecto. Es el detalle de nuestros encuentros descarnados, se te ocurre que tenés que poner algo que no te estoy pidiendo, sos un insecto solitario y mi cariño tu repelente.
Por eso sólo pretendo que queden en llamas las cenizas del sol, que se detenga el tiempo fugitivo y paranoico y que los ojos de nuestros testigos se ceguen de maldad. Que tus besos se enmudezcan en su punto más dulce y que en medio de la guerra nos encuentren nuestros versos.

Rodaje


Entre penumbras,
El humo como sombra
Va rodeando su pelo
Dibujando cada espacio

La partida no es sólo despedida
Es la fisura y el desgarro
Los fragmentos de su encanto
Los restos vivos de un destino

Le vi llevar sus manos
Hacia un rostro sin sueños
Hacia un cuerpo ajado que
Muere un poco en cada beso

Lejos, sin vos, sin arena
Flotando entre recuerdos
Cosiendo las heridas
Odiando al tiempo

Lejos, corriendo entre espejos
Viendo su película pasar
Deseando volver atrás
Pierde en los intentos 

Sin dramatizar,
Hoy los cuentos acaban
Los finales ganan
La voz espera callar

La humedad cae
De sus ojos secos
Va rozándole la piel
Resuenan en un eco

Siempre su voz
Y la tuya sólo luego
La gracia de este juego
Es morir sin vos.


CsO

Es el sentido que me apresa  Presa amotinada de palabras Nenúfar, quiero decir nenúfar y que sea tu columna vertebral flotando en mi mano Qu...